
“Si me permitís recordároslo, majestad, intenté advertíroslo, pero…
Como vos sois un romántico incorregible…
Sin duda llegasteis a imaginar la escena con todo detalle:
El joven príncipe se inclina ante las damas, de pronto se detiene y las mira buscando;
ahí esta la mujer de sus sueños…
No sabe quién es o cuándo ha llegado,
ni de dónde procede, ni le importa pues su corazón le está diciendo
que esa es la chica destinada a ser su esposa…
Eso no es más que un cuento de hadas, señor,
pero la realidad no… ¡no!
Estaba condenado al fracaso…
¡Al fracaso, eh!”

Esta ha sido siempre una de mis historias favoritas… Quizá porque todas soñamos con nuestro momento de gloria. Quizá porque ahora soy cenicienta, pero en vez de a la media noche, a las 8 de la mañana, que como anécdota, vale lo mismo.
