Ceder y dar
Hoy he tenido una curiosa conversación con uno de mis habituales ciber-amigos. Y es que ambos tuvimos confrontaciones similares, sino con nuestras parejas, sí con personas cercanas que nos son especialmente importantes.
Cada uno estábamos de uno de los lados: yo, en mi caso, era la enfadada; él, en el suyo, era quien recibía el enfado. Así que llegamos a la conclusión más obvia: las mujeres estamos siempre dando guerra.
Ni tanto ni tan poco pensamos.
“Las mujeres veis cosas donde no las hay”, me dijo mi amigo.
“Los hombres no veis las cosas que no os urge ver”, le contesté yo.
Me dio la razón y también se la dí yo a él. Sí es cierto que muchas veces vemos demasiadas cosas más allá. Ver demasiadas cosas quizá no sea siempre un problema: el problema viene cuando no sabes o no puedes distinguir cuáles merece la pena darles importancia y cuales debemos desechar enseguida.
Y en este momento viene a mi cabeza una oración que el otro día escuché en una de las series que sigo, y que no es el caso de darle propaganda, que si bien corresponde a una plegaria católica y yo no soy creyente, si nos sirve para este caso y muchísimos otros:
“Dios mío, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar y sabiduría para saber distinguirlas.”
Y es cierto, en muchas ocasiones, el mayor problema, el que a mí me acusa en este momento y muchos otros, no es que haya pasado algo o que haya dejado de pasar, el problema es saber cuándo eso es un problema o no lo es. Cuándo es algo inevitable y cuándo se puede cambiar, cuándo es razonable quejarse y cuándo no tiene sentido alguno hacerlo.
Y bien, mi amigo afirma que su correspondiente se enfada y él ni tan siquiera sabe por qué, y lo peor, tampoco quiere decírselo porque está enfadada y no quiere hablarle. Ahí nos llega el problema número dos: cuando identificamos o creemos identificar el problema, maldita la hora en que tenemos el valor para decirlo, contarlo, reprocharlo o simplemente comentarlo.
Y si en mi caso mi problema personal es el uno y el de mi confontrado es desde siempre, desde antes de mí incluso, el dos… ¿No debería haber uno conjunto? Pues este precisamente es el problema del Ceder y el Dar.
Surje el problema de que mi confrontamiento es con una persona que se sacrifica por mí más de lo que yo puedo por él, que viene, que va, que trae, que lleva, que da sin parar y todo lo que puede, quiere y tiene. En cambio yo, aunque ganas no falten, no me encuentro en esa posibilidad. Esta es una situación inevitable porque no puede cambiarse. Y bien, ahí se da, él mucho porque puede, y yo todo lo que puedo aunque sea menos (que a veces menos es más, hemos de decir). Y la gran traba… ¿Es el dar mucho comodín para no ceder nada? En ocasiones me lo parece. Nos parece que alguien nos da tanto que nos quita automáticamente la posibilidad de tener razón, de tener un mal día, de poder quejarnos, de “ganar” en las peleas de a dos. Y es que el dar y el ceder no tienen que ver uno con otro.
Sentada, ya tranquila y pensando en todo esto llego a la conclusión de que el problema de mi joven amigo es ese, quizá la falta de experiencia ante problemas mayores o más serios haga que se creen problemas de cosas ínfimas como ya todos hemos (y a veces seguimos haciendo) alguna vez. ¿Y el mío? Nosotros superamos con creces la edad de ellos y sin embargo ahí estamos. Nosotros tenemos el problema inverso: la experiencia nos dice que debemos estar más a la defensiva, no ceder ante quien nos quiere abordar y tratar de ganar todas las batallas que antes nos han ganado aquello que no nos han querido lo suficiente.
Conclusión: pensar es una mierda, no hacerlo una derrota. Hablar es un palo, no hacerlo un desastre. Ser pequeño es una mierda, ser mayor, también.
