Lo justo y necesario

Julio 1, 2008

- 5 –

Archivado en: Relatos, amor — avuiperahir @ 1:38 am
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(viene de -4-)

Sin darme cuenta las paradas se iban sucediendo unas a otras. Con el tiempo había aprendido a dejar de oír la repetitiva musiquilla que precedía al anuncio de las paradas. En ese momento nos mirábamos y jugábamos a leernos el pensamiento en medio de aquella masa de gente que ni tan siquiera reparaba en nuestra presencia.

No volví a preguntarte por nuestro destino, sabía que sería inutil: cuando te propones algo no hay quien te lo haga quitar de la cabeza.

Tu reloj marcaba las siete y cuarto de la tarde por lo que supuse que habría ya anochecido por encima de nuestras cabezas sin que pudiéramos disfrutarlo.

Entonces sí empecé a fijarme en la gente; cada vez entraban más apurados y pude observar que más mojados: había comenzado a llover con fuerza allí arriba. Sonreí. No llevaba paraguas y entonces podría llevarte a hacer algo que me encantaba y que un día me comentaste que nunca habías hecho. La verdad es que hasta aquel momento no habíamos tenido oportunidad pero aquella se presentaba perfecta.

El vagón comenzó a vaciarse y nosotros seguíamos sin apearnos. La gente iba y venía y cuanto más cerca estábamos de Canyelles menos gente se subía. Recordaba aquella sensación, la sentía como lejana en algún rincón apartado y frío de mi mente. Recordaba mirar la hilera de vagones vacíos y el silencio que poco a poco iba inundando el metro que se vaciaba de conversaciones, música y ajetreos. A pesar del vacío, casi me parecía notar que cada vez me estrechabas más entre tus brazos, como si quisieras hacerme ver que no iba a poder escaparme. Era una sensación agradable.

Hundí mi cara en tu abrigo un rato. Me gustaba hacerlo, tenerte cerca e inspirar fuerte para sentir tu aroma, tu olor característico con tu perfume de siempre. Desprendías una calidez que me gustaba pensar que tan solo yo podía sentir. Acariciaste mi pelo despacio y me susurraste lo mucho que te gustaba. Sonreí y cuando levanté la cabeza dispuesta a besarte, encontré tu cara sonriente con los ojos bien abiertos.Mundet

-¡Vamos!- dijiste con efusividad mientras me cogías de la mano para llevarme de nuevo en tu misteriosa aventura.

El metro se detuvo y se abrieron las puertas. Delante de mí podía ver la pared del fondo que correspondía a las vías del metro que circulaba en el sentido opuesto. En el medio de ambas vías, se extendía un pasillo central con el suelo en gris y negro, muy pulcro y muy escueto que acentuaba la sensación de vacío y soledad que transmitía la estación. En el medio, unos cubos rectangulares se elevaban sobre el suelo a modo de asiento. Tenían aspecto de ser tan fríos como la estancia en la que estaban. Las bandas retroiluminadas que indicaban la estación y la linea en la que nos encontrábamos dabam un tono de calidez que cortaba lo lúgubre de la estancia. Aquel inusual silencio en una estación de metro de Barcelona se me antojaba un tanto escalofriante al tiempo que singular, especial y, en ese momento, íntima. Los recuerdos volvieron a inundarme suavemente la mente, como una neblina espesa que lo cubre todo.

Andamos, esta vez despacio, hacia la izquierda. Al final del pasillo central estaban las escaleras que conducían a una especie de descansillo en el cual estaban las máquinas dispensadoras de tickets. Aquel descansillo servía a su vez de conexión entre los dos lados de la ronda que pasaba justo por encima para facilitar el paso a los biandantes. Nosotros tomamos la salida de la izquierda.

Justo antes de salir te detuviste en seco. Una pendiente ascendía hasta llegar al nivel de la calle. Ahí fuera llovía a cantos. La lluvia descargaba con toda intensidad ante nosotros. Dudaste y sé que por tu mente pasó la idea de quedarnos allí a esperar. Posé mi mano sobre tu hombro y suavemente te giré hasta apoyarte contra la pared. Entonces dejé caer despacio mi cuerpo hasta que estuvo descansando sobre el tuyo y te miré a los ojos como me gustaba hacer siempre que iba a hablar contigo.

-¿Es aquí donde has planeado la escapada?- pregunté graciosa.

-Sí, aquí mismo, ¿qué te parece el sitio? ¿Es del agrado de la señorita?

El distrito de Horta-Guinardó fue siempre un distrito a parte para nosotros. Nada nos llevaba allí nunca: tu trabajo transcurría casi siempre en la periferia, el mío en la parte más al norte de Sarrià-St. Bajábamos a tomar una cerveza por el Port Olimpic y nos quedábamos recordando tiempos igual de buenos que entonces aunque quizá más difíciles, y pasábamos días enteros viajando por la provincia y paseando, aunque a regañadientes por tu parte, por Ciutat Vella. Pero Horta-Guinardó era un sitio distinto, era un paréntesis lejos de la rutina. No habíamos vuelto a recorrerlo juntos desde hacía años, lo cual resultaba bastante curioso viviendo dentro de la misma ciudad. Nunca hubiera imaginado terminar una tarde como aquella en un sitio como ese pero, por no variar, siempre has sabido cómo sorprenderme para bien.

Mirabas hacia el cielo, como solías hacer siempre que llovía, como pidiendo que parase o preguntando que por qué tenía que suceder justo en ese momento. Entonces fui yo la que te cogió de la mano y te llevó hacia el exterior casi corriendo.

-¿Qué haces?- preguntaste mientras oponías levemente resistencia.

-¡Venga, vamos!

-¡Pero nos empaparemos!

-De eso se trata- dije sonriendo.

Me encantaba estar bajo la lluvia y hacía muchísimo que no lo hacía. Sentir las gotas golpeando aleatoriamente contra tí, sin más, por inercia. Sentirlas resbalando por tu cara, recorriendo cada pliegue y cada curva. Hacía ya demasiado, cuando todo era más emocionante pero menos fácil, me dijiste que nunca te habías puesto bajo la lluvia dejando que te mojara, como si no tuvieras nada que perder y que tampoco te habían besado nunca de esa guisa, evidentemente.

Te dí un tirón aprovechando que te tenía cogido de la mano y enseguida te atraje hacia mí. Me mirabas extrañado y te disponías abrir la boca para decir algo cuando, imitando tu reacción del metro, te hice callar.

Las calles estaban vacías. Aquel era uno de los barrios más tranquilos y protegidos de la ciudad. A pesar de que la Ronda de Dalt transcurría apenas a 20 metros de nosotros, la serenidad reinaba en aquellas calles, como si los edificios que hacían de frontera entre la ronda y el barrio dejaran el ruido y el estress al otro lado.

Estuvimos varios minutos allí, así, besándonos como nunca habíamos dejado de hacer, como si fuera la primera vez y la última al mismo tiempo. No pasaba nadie en ese momento por la calle por lo que se antojó un ntimo en un sitio singular para ello. La lluvia ya había empapado nuestro pelo y nuestros abrigos cuando lentamente separaste tu rostro del mío.

-¿Vamos?

-¿A dónde?- pregunté traviesa. En realidad lo sabía perfectamente Hacía años que no íbamos, sí, y también mucho tiempo que puede que no pensara en ello, pero sabía perfectamente lo que hacíamos precisamente a la entrada de aquella parada de metro de la línea 3.

Miré un momento a mi alrededor, pero no observando lo que me rodeaba sino retomando imágenes que ya estaban plasmadas en mi mente y comparándolas con lo que tenía delante. Echamos a andar y me agarraste fuerte de la mano: una pequeña emoción explotaba dentro de tí, estaba segura. En el fondo siempre has sido un romántico incorregible.

En el fondo…

Junio 25, 2008

- 3 -

Archivado en: Relatos, amor — avuiperahir @ 1:15 am
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( viene de - 2 - )

El muro de cristal que nos separaba de la calle empezó a temblar con la fuerza del viento y la lluvia: se avecinaba una buena tormenta. Yo miraba distraída hacia fuera, miraba cómo la gente corría de un lado para otro, metiéndose en el metro lo antes posible para evitar la que se les venía encima. Todavía llovía suavemente pero pronto se desataría una de esas trombas de agua que tanto echaba yo de menos desde que vivía allí.

-Si no nos vamos ahora tendremos que quedarnos aquí hasta que pase la tormenta-, dijiste mientras jugabas con mis dedos-. ¿Qué te apetece hacer?

Apenas me quedé meditando un momento, entonces me levanté, di la vuelta a la mesa y me senté sobre tu regazo. Me sonreíste y pasaste las manos alrededor de mi cintura. Entonces recordé algo que me habías dicho ya hace tiempo, cuando todo era más difícil y cuando cada vez que nos veíamos era como una fiesta nacional para nosotros.

-¿Qué te parece si hoy no volvemos a casa?

-¿No volver a casa? ¿Y eso?

-Sí, ¿por qué no? Escapémonos un poco. Ahora podemos-, le dije guiñando un ojo. No hacía tanto que habíamos conseguido terminar con lo que parecía una eterna época en la que escaparnos juntos, además de imposible, era lo que deseábamos constantemente.

Plaça Catalunya

Me miraste con esa cara que pones cuando maquinas algo para complacerme, por el simple gusto de verme feliz. Pagamos los cafés, cogiste mi mano y me guiaste hasta la calle. Me besaste y volviste a cogerme para llevarme hasta la parada de metro de Plaça Catalunya. No dijiste nada en todo el trayecto, tan sólo me llevabas de la mano, casi corriendo, esquivando a la gente y apretándome fuerte. En medio de la multitud y de la carrera, acertabas a mirar hacia atrás, a mirarme y sonreír: algo tramabas.

El metro estaba abarrotado. Me llevaste hasta la línea 3 y en seguida subimos en uno de los vagones. Viajamos de pie apoyados en los asientos cuyos respaldos daban a las puertas de acceso.

-¿Dónde me llevas?

-¿No querías que nos escapáramos?-, dijiste con una sonrisa de medio lado.

-Sí, claro, ¡pero también me gustaría saber a dónde voy a escaparme!

Apenas hube dicho esto, pusiste tu dedo índice sobre mis labios y a continuación me besaste ante la aburrida mirada de los usuarios del metro. La mayor parte de la gente volvería a casa después de trabajar o después de sus compras. Me gustaba aquella sensación de complicidad que teníamos en medio de aquel bullicio, el saber que nadie se imaginaba si quiera qué podíamos tramar o lo distintas que podían ser nuestras vidas con respecto a las del resto de ocupantes. Siempre has sabido llevarme a un mundo distinto y a parte del resto.

El resto…

(sigue en - 4 -)

Abril 10, 2008

- 2 -

Archivado en: Fotos, Relatos, amor — avuiperahir @ 3:54 am
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( viene de - 1 - )

La primera vez que deseé besarle se marchitaban mis quince años. Al borde de los dieciseis estaba cuando empecé a darme cuenta de que había algo en él. Era distinto, era más y era mejor. Entonces no tenía claro por qué, ni cómo aprovecharlo; tenía miedo a lo desconocido.

Decidí entonces ser realista y él se bebió aquel mal trago como no vi a nadie hacerlo antes. Nunca vi su rostro cuando se enteró pero en mi mente lo tengo dibujado. Seguramente se calló, durante un segundo su expresión pareció vacía y sintió que caía por un abismo. Al instante siguiente seguiría hablando y riendo con normalidad y nadie se percataría de lo que acababa de pasar por su mente. Cuando el tema se hubiera desviado lo suficiente seguramente se callaría mientras los demás estaban entretenidos en cualquier conversación vanal y sería entonces cuando en su cabeza comenzarían a dar vueltas aquellas palabras: “su novio”.

Lo que entonces me pareció realista, con el tiempo se me antojó erróneo, supérfluo y propio de una comedia dramática.

Fue así como comenzamos y como nunca debió suceder. Hace algo más de un año más que ahora, me gustaba pensar que precisamente por ese intrincado comienzo tuvo nuestra existencia el desarrollo emocionante y hollywoodiense en el que acabaría envuelta.

La primera vez que pensamos en besarnos de forma recíproca y en el mismo segundo fue al año siguiente de el que fuera para él un gran y amargo trago. Había sido un año largo y extraño. Aquel seguía siendo mi novio. Yo seguía con mi vida de anuncio de detergente por un lado y, mi otra vida, la que decidí que no era realista, esperándome cada día, detrás de cada llamada, en cada correo electrónico, en cada mensaje.

Desde que me despedí de él tras aquella primera y trágica vez, se me encogió el corazón pensando que no volvería a verlo hasta el año siguiente. Pero el destino, aunque malicioso y manipulador, haría innumerables las veces que las oportunidades de vernos se multiplicaban. Una de cal y una de arena: por cada mala jugada nos regalaba una coincidencia que nos unía. Así un día mi familia y yo, hicimos las maletas, nos subimos al coche y nos tomamos nuestras primeras vacaciones en familia precisamente a su ciudad. Una vez más, una de cal y una de arena: yo iría, pero él se marcharía de vacaciones el mismo día de mi llegada. Coincidimos en la misma parcela del planeta a penas 15 minutos.

Pasarela

Una nueva escena propia de una película me regaló la coincidencia. Salí apurada de la habitación, llamé al ascensor y me metí dentro. Era un ascensor de cristal situado en el centro del hotel. Si miraba hacia el frente, justo debajo de mí podía ver el hall de entrada, la recepción, las puertas giratorias, la entrada del hotel y el largo pasillo que conducía de la puerta del ascensor hasta la recepción. Era un pasillo estrecho, de a pensas un metro y medio de ancho, con el suelo de cristal cubriendo una superficie de colores dispuestos en formas diversas sobre un fondo azul. Se alzaban en ambos bordes sendas barandillas de acero. Lo asocié vagamente con las pasarelas para subir a los trasatlánticos.

Mientras descendía en el ascensor, justo delante del cristal y viendo todo lo que me esperaba debajo, lo ví a él, en la entrada del hotel, fuera, apeándose del coche, justo en frente mía. Se quitó las gafas de sol y miró donde yo estaba, dos pisos más arriba, descendiendo lentamente hacia la pasarela. Salí del ascensor y caminé ligera por ella mientras él atravesaba las puertas giratorias y se detenía a esperarme al final de aquel pasillo. Lo que debieron ser segundos me parecieron interminables y largos horas. Estaba allí, allí mismo, a unos metros de mí. Cuando llegué a su lado, nos quedamos quietos un imperceptible segundo, suficiente pare decirnos todo lo que tan sólo se puede trasmitir con una mirada. Nos abrazamos fuertemente y sentí la tranquilidad que puede sentir alguien a quien rescatan, alguien que consigue al fin lo que llevaba tiempo esperando, que al fin puede descansar porque lo ha logrado.

Quince minutos fueron más que suficientes para que el resto de las vacaciones no pudiera quitarme de la cabeza que no habían sido suficientes. El camino de vuelta a casa se hizo terrible. Y tardé semanas en dejar de pensar en ello.

Fue entonces, sí, después de aquel breve encuentro cuando por primera vez surgió. Era verano, y como cada verano volvía. No vivia aún así precisamente cerca pero sí lo suficiente para que no pareciera tanto comparado con el resto del año. Vino a verme una vez más y una vez más sentí ese alivio de verle, quizá un poco menos puro e inocente que la última vez pero, como mínimo, igual de intenso. Las cosas a nuestro alrededor había cambiado, pero nosotros permanecíamos siempre como la última vez que nos habíamos visto. Hasta entonces nuestra amistad había sido un incesante desfile de “No puede ser” en cada conversación y en cada idea que planteábamos. En su visita no iba a ser menos asíque siguiendo mi ejemplo y nombrando realista una acción que en evidencia era de lo más errónea y supérflua, decidió que era mejor tener carabina.

Esa vez, la estaca de la despedida se clavó más profunda que nunca. Se había ido, pero aún había remedio. Me pasé un día entero dudando e intentando decidir. Al final de la tarde no pude más y no quise repetir la historia como tantas otras veces nos había ya pasado, así que descolgué el teléfono, marqué su número y le pedí que volviese. Noté al princpio un silencio de preocupación que no tardó nada en convertirse en lo que me pareció una sonrisa de alivio. Tiempo después me confesabas que te habías sentido como un estúpido al haber decidido tomar mano el primer día de alguien que sirviera de excusa para el “no”.

Las ganas de vernos fueron ese segundo día explosivas. En cada mirada nos tomábamos sin remedio pero nos esquivábamos al límite. Al final de la tarde nos sentamos a tomar algo y entre conversaciones vanales y risas estrepitosas dejamos de esquivarnos un momento, un momento largo e intenso en el que con un pretexto infantil el tiempo alcanzó a detenerse allí mismo, en aquel bar. Estuvimos tan cerca que pude notar el roce de su piel en mi cara, su respiración tibia y acompasada y sus ojos ya borrosos frente a los míos. Dejé de respirar, abrí los ojos de par en par justo antes de dejarme vencer y cerrarlos despacio, cuando me dí cuenta que ya no podía ir más hacia atrás, no podía atravesar la pared que estaba contra mi espalda, no podía evitarlo. No recuerdo cuanto tiempo estuvimos así, a una micra de calmar el deseo más desenfrenado, la tensión podía casi tocarse con la yema de los dedos pero recuerdo perfectamente la milésima en que el tiempo volvio a correr y el ruido de la gente llegó a mí de nuevo; la milésima en que volviste a la realidad y te apartaste justo a tiempo de transguedir las normas.

Tomaste aire, miraste un momento al vacío, luego me miraste a mí y te reíste.

-¿Qué?-dijiste divertido.

Es algo que siempre me ha gustado de tí, saber sacarle siempre hierro al asunto.

Fue entonces la primera vez que ví claramente el muro de contención que habíamos estado construyendo.

El muro…

(siguiente - 3 - )

Abril 7, 2008

Ceder y dar

Hoy he tenido una curiosa conversación con uno de mis habituales ciber-amigos. Y es que ambos tuvimos confrontaciones similares, sino con nuestras parejas, sí con personas cercanas que nos son especialmente importantes.

Cada uno estábamos de uno de los lados: yo, en mi caso, era la enfadada; él, en el suyo, era quien recibía el enfado. Así que llegamos a la conclusión más obvia: las mujeres estamos siempre dando guerra.

Ni tanto ni tan poco pensamos.

“Las mujeres veis cosas donde no las hay”, me dijo mi amigo.

“Los hombres no veis las cosas que no os urge ver”, le contesté yo.

Me dio la razón y también se la dí yo a él. Sí es cierto que muchas veces vemos demasiadas cosas más allá. Ver demasiadas cosas quizá no sea siempre un problema: el problema viene cuando no sabes o no puedes distinguir cuáles merece la pena darles importancia y cuales debemos desechar enseguida.

Y en este momento viene a mi cabeza una oración que el otro día escuché en una de las series que sigo, y que no es el caso de darle propaganda, que si bien corresponde a una plegaria católica y yo no soy creyente, si nos sirve para este caso y muchísimos otros:

“Dios mío, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar y sabiduría para saber distinguirlas.”

Y es cierto, en muchas ocasiones, el mayor problema, el que a mí me acusa en este momento y muchos otros, no es que haya pasado algo o que haya dejado de pasar, el problema es saber cuándo eso es un problema o no lo es. Cuándo es algo inevitable y cuándo se puede cambiar, cuándo es razonable quejarse y cuándo no tiene sentido alguno hacerlo.

Y bien, mi amigo afirma que su correspondiente se enfada y él ni tan siquiera sabe por qué, y lo peor, tampoco quiere decírselo porque está enfadada y no quiere hablarle. Ahí nos llega el problema número dos: cuando identificamos o creemos identificar el problema, maldita la hora en que tenemos el valor para decirlo, contarlo, reprocharlo o simplemente comentarlo.

Y si en mi caso mi problema personal es el uno y el de mi confontrado es desde siempre, desde antes de mí incluso, el dos… ¿No debería haber uno conjunto? Pues este precisamente es el problema del Ceder y el Dar.

Surje el problema de que mi confrontamiento es con una persona que se sacrifica por mí más de lo que yo puedo por él, que viene, que va, que trae, que lleva, que da sin parar y todo lo que puede, quiere y tiene. En cambio yo, aunque ganas no falten, no me encuentro en esa posibilidad. Esta es una situación inevitable porque no puede cambiarse. Y bien, ahí se da, él mucho porque puede, y yo todo lo que puedo aunque sea menos (que a veces menos es más, hemos de decir). Y la gran traba… ¿Es el dar mucho comodín para no ceder nada? En ocasiones me lo parece. Nos parece que alguien nos da tanto que nos quita automáticamente la posibilidad de tener razón, de tener un mal día, de poder quejarnos, de “ganar” en las peleas de a dos. Y es que el dar y el ceder no tienen que ver uno con otro.

Sentada, ya tranquila y pensando en todo esto llego a la conclusión de que el problema de mi joven amigo es ese, quizá la falta de experiencia ante problemas mayores o más serios haga que se creen problemas de cosas ínfimas como ya todos hemos (y a veces seguimos haciendo) alguna vez. ¿Y el mío? Nosotros superamos con creces la edad de ellos y sin embargo ahí estamos. Nosotros tenemos el problema inverso: la experiencia nos dice que debemos estar más a la defensiva, no ceder ante quien nos quiere abordar y tratar de ganar todas las batallas que antes nos han ganado aquello que no nos han querido lo suficiente.

Conclusión: pensar es una mierda, no hacerlo una derrota. Hablar es un palo, no hacerlo un desastre. Ser pequeño es una mierda, ser mayor, también.

Febrero 22, 2008

Le fabuleux destin d’Amelie Poulain

Archivado en: Cine, Fotos, Gente, amor, música, video — avuiperahir @ 8:52 pm
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Sí, quizá es un título más que leído, releído, escuchado, recurrido… Como tantas otras cosas. Pero yAmelieo, sin dejar de lado las Vanguardias que me encantan, en muchas ocasiones creo que lo realmente innovador es seguir encontrando cosas sorprendentes en aquello que estamos más que hartos de ver. En sentir cosas distintas al resto viendo algo que todo el mundo ha visto una y otra vez, y no con algo nuevo y reluciente. Para mí, esta película es uno de los motivos más importantes para pensar esto.

Amelie es muchas cosas; es una película, un negocio, es un empleo (muchos empleos), es gráfica, es audiovisual, es internacional, es simpática o aburrida, es romántica o ñoña, es un DVD… Y otras muchas cosas (me faltó merchandising!). Pero como sentimental que soy (y bien orgullosa de ello) Amelie representa, entre todas estas cosas y otras muchas, toda mi filosofía: el placer por las pequeñas cosas.

Esa mano dentro del saco de legumbres! Es fantástico.

Y una cosa muy importante, que siempre he querido lograr o al menos he intentado siempre que he podido:

“¿Y si ella… Cambiara tu vida? “

Y es que muchas veces, las cosas pequeñas son las más grandes. Y es que a veces todo está ahí y tan solo tenemos que dar el paso a hacerlo. Amelie es esto y mucho más.

Amelie también es Audrey Tautou, quien después de esta película, haga lo que haga y pasen los años que pasen, ya nunca Audrey Tautoupodrá Mathieu Kassovitzdeshacerse de este personaje. Ya va con ella impreso, con su nombre y, sobre todas las cosas, con su cara peculiar. La chica que contaba los orgasmos, que dormía en los fotomatones y que escribía los menúes en un cristal del revés. Esa será siempre Audrey Tautou.

Mathieu Kassovitz también es Amelie. Pero él es otra cosa. Es el chico de los ojos color miel, grandes, inocentes y limpios. El chico de la cara dulce y los besos suaves que colecciona lo que los demás desechan. Pero también es el chico que rompe esquemas cuando se lo ve en otro personaje. Él no es como Audrey.Yann Tiersen

Y por último, para mí, Amelie es otra cosa fantástica: Yann Tiersen. Tiersen es la mismísima persona que me enamoró con su música, que consiguió que me hiciera al momento con su discografía y la escuchara y aprendiera entera. Yann Tiersen es danza, es pensamiento, emociones, sensaciones intimas y profundas. Tiersen es expresión, es arte, es pintura, escultura y arquitectura. Es fluír. descubrir a Yann Tiersen es uno de los mejores beneficios que he sacado a Amelie.

Febrero 19, 2008

- 1 -

Archivado en: Pensamientos, Relatos, amor, barcelona — avuiperahir @ 11:45 pm
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Las 6 de la tarde. Desde los sillones del Starbucks pude oír el sonido del reloj en lo alto del edificio del BBVA indicándome la hora. Es curioso como, a pesar del ajetreo y la costumbre, siempre oía aquel reloj marcando cada hora, igual que me pasaba en casa.

Mirabas por la ventana. No sé qué llamaba tu atención ya que desde siempre habías dicho que lo tuyo no era fijarte en la gente que pasaba. Quizá sólo miraras al vacío, o puede que te llamara la atención aquella lluvia plomiza que me recordaba a algún invierno pasado, lejano en tiempo y distancia.

Extendí mi mano hasta tocarte. Había pasado mucho tiempo y aún seguías sintiéndote soReloj BBVArprendido cuando rozaba tus dedos en un momento que podía pillarte distraído. Una sonrisa. Cogiste mis manos templadas entre las tuyas y dijiste: “¿Qué?¿Qué facemos?”. La camarera, que pasaba en ese instante por detrás de ti levantó un instante la mirada. Y yo sonreí ante la pregunta.

- Creo que me voy a pedir otro. Aún es pronto. ¡Y hace frío! – dije levantándome despacio y aún con las manos enlazadas. Me siguiste con la mirada y te besé en la frente antes de ir a por otro café americano. Tanto tiempo allí y aún no había cambiado mis costumbres.

Me apoyé contra el mostrador esperando a que los camareros se desocuparan; me giré para mirarte. Estabas donde te había dejado, sentado en un sillón de piel amarillo, cómodo, tranquilo, mirando por la ventana. Fuera llovía, el día estaba gris, hacía frío y la humedad calaba hasta los huesos. Hacía mucho tiempo que no teníamos un día como aquel, tan atípico de la ciudad en la que estábamos y tan típico del lugar de donde yo provenía. Estabas tan tranquilo que me dieron ganas de ir corriendo a besarte una y otra vez, como la primera vez y al tiempo como cada una que lo hacía.

La primera vez…

(siguiente - 2 - )

Enero 29, 2008

Dame cuerda

Archivado en: Pensamientos, amor — avuiperahir @ 3:43 pm
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Siempre he pensado que hacer el amor es como una pieza de música clásica interpretada por cuerdas:

armoniosa, emotiva, encandilante y satisfactoria.

Como una mirada que para el tiempo.

Enero 23, 2008

Perse(cución)

Archivado en: Ira, amor — avuiperahir @ 8:07 pm

Anoche.

Y esta tarde de nuevo.

Y te juro que como sigas

me planto en tu casa y te doy cuando menos una bofetada.

No puedo más con tu psicósis. No. No ahora. Ahora no puedo. Tengo mucho que hacer.

Y no me vas a joder, maldito psicótico.

Enero 12, 2008

Again & again…

Archivado en: Relatos, amor, música — avuiperahir @ 7:11 pm
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Me desperté lo que me pareció cada pocos minutos. Cientos de veces. Me despertaba de un sobresalto.

“Tranquila, sigue ahí”

Y me volvía a dormir. Tenía frío, tenía calor. Tenía nervios. Continuamente ponía mi antena sonora para captar si el despertador estaba al acecho.

“No suenes, por favor”.

Y otra vuelta. Otra vuelta más. Me dormía, me despertaba. Me sobraba la ropa, me faltaba. Y todo el tiempo despertándome pensando que ya no estabas ahí, pero sí, ahí seguías. Me apetecía despertarte y decirte que no podía dormir pensando en que el despertador iba a sonar. Quería decirte que no tenía ganas de levantarme, que tenía ganas de dormir mil horas, y en cambio no era capaz ni de dormir cuatro. Pero mejor te dejé ahí, tranquilo, durmiendo todo el tiempo. Me limité a observarte. Pero me volvía a quedar dormida. Y en cada movimiento, te despertabas para ver si estaba bien, si estaba durmiendo, si estaba fría, sí estaba cómoda. Y yo, a veces me hacía la dormida y otras simplemente no estaba lo suficientemente despierta como para finjir, ni lo suficientemente dormida como para no darme cuenta de que me abrazabas asegurándote de que no me había ido de donde estaba.

Un beso, dos, tres. Y te volvías a quedar dormido.

Ya no sé qué hora era ni cuantas vueltas había dado cuando tampoco tú querías dormir.

Sólo sé que finalmente le despertador sonó, lo apagaste y seguiste abrazándome.

Sh… Escucha… De vez en cuando la vida, Joan Manuel Serrat.

Enero 10, 2008

Thinking about…

Archivado en: Pensamientos, Preguntas, amor — avuiperahir @ 10:05 pm
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Es curioso como las personas, al menos las mujeres,

cuando salen de una relación en que lo dicen todo,

en que no se sacan el “Te quiero” de la boca

y en que cualquier homenaje es poco,

y a continuación, muy en seguida, comienzan otra nueva,

en ésta,

siempre sobran las palabras.

O tal vez sólo nos pase

a las que sacamos el pie de una balsa para ponerla inmediatamente

en otra distinta.

¿Huímos?

Quién sabe.

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