Lo justo y necesario

Diciembre 7, 2008

El día en que empiezas a decir “Porque los jóvenes de hoy en día…”

Efectivamente, a pesar de mi corto período en la faz de la Tierra, yo ya me considero dentro de ese sector de gente inaguantable que suelta esas movidas de “Porque los jóvenes de hoy en día…”. Y asustada me hallé cuando me escuché a mí misma diciendo tal cosa… Pero en este caso no era para menos.
Tomando situación, allí estaba yo, cenando con mis compañeras de residencia que, extrañamente y sin ganas de explicar el por qué, oscilan entre edades muy dispares. Una de ellas sonriente nos exponía su pasión por Raphael (adjuntamos datos audiovisuales del sujeto, por si las dudas).

Mientras, aguantando mi risa, observaba a la que tenía delante, que ponía una cara de alcachofa que me extrañó enormemente. Total, que en medio segundo se desataría una de las mayores desgracias que recuerdo, culturalmente hablando: ¿Y ese quién es? Las tres generaciones que había en la mesa, la miramos con los ojos como platos… En ese momento quisimos llorar, pero en un intento de supervivencia, nos pusimos a cantar a coro temas tan nuestros como “Melancolía” o “Yo soy aquel”. Su cara de alcachofa se iba volviendo un limón que lleva cortado por la mitad 4 o 5 días al sol.

Entonces yo, que soy una persona de lo más iluso, me dio por decir: ¡Bueno mujer, Camilo Sesto y los de esta quinta! Se hizo de nuevo el silencio y devolvió otra negativa. Sentí que me ponía pálida. Aseguraba no haber oído hablar nunca de ese sujero. ¿Nino Bravo?¿Jose Luis Perales?¿El Fari? ¡Nada! Ni tan siquiera el Fari. ¡No conoce al Fari! Que después de la tortilla, los toros y el toro de Osborne es el icono español por excelencia. Pues nada, que a sus felices 16 años la chiquilla vivía feliz sin que el Fari le sonara ni de lejos.

Con mi ultimo aliento queriendo huír de mi boca, la última pregunta osó salir: ¿Y Joaquín Sabina?

Craso error. Debo aprender a callarme a tiempo, antes de sentir ganas de acabar con todo ser viviente. Así que desde aquí un mensaje fuerte y lleno de energía a todo el que tenga un mínimo de cultura… Que corran veloces a inyectarsela a esta pobre gente… Que no sabe quien es el Fari.

Abril 7, 2008

Ceder y dar

Hoy he tenido una curiosa conversación con uno de mis habituales ciber-amigos. Y es que ambos tuvimos confrontaciones similares, sino con nuestras parejas, sí con personas cercanas que nos son especialmente importantes.

Cada uno estábamos de uno de los lados: yo, en mi caso, era la enfadada; él, en el suyo, era quien recibía el enfado. Así que llegamos a la conclusión más obvia: las mujeres estamos siempre dando guerra.

Ni tanto ni tan poco pensamos.

“Las mujeres veis cosas donde no las hay”, me dijo mi amigo.

“Los hombres no veis las cosas que no os urge ver”, le contesté yo.

Me dio la razón y también se la dí yo a él. Sí es cierto que muchas veces vemos demasiadas cosas más allá. Ver demasiadas cosas quizá no sea siempre un problema: el problema viene cuando no sabes o no puedes distinguir cuáles merece la pena darles importancia y cuales debemos desechar enseguida.

Y en este momento viene a mi cabeza una oración que el otro día escuché en una de las series que sigo, y que no es el caso de darle propaganda, que si bien corresponde a una plegaria católica y yo no soy creyente, si nos sirve para este caso y muchísimos otros:

“Dios mío, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar y sabiduría para saber distinguirlas.”

Y es cierto, en muchas ocasiones, el mayor problema, el que a mí me acusa en este momento y muchos otros, no es que haya pasado algo o que haya dejado de pasar, el problema es saber cuándo eso es un problema o no lo es. Cuándo es algo inevitable y cuándo se puede cambiar, cuándo es razonable quejarse y cuándo no tiene sentido alguno hacerlo.

Y bien, mi amigo afirma que su correspondiente se enfada y él ni tan siquiera sabe por qué, y lo peor, tampoco quiere decírselo porque está enfadada y no quiere hablarle. Ahí nos llega el problema número dos: cuando identificamos o creemos identificar el problema, maldita la hora en que tenemos el valor para decirlo, contarlo, reprocharlo o simplemente comentarlo.

Y si en mi caso mi problema personal es el uno y el de mi confontrado es desde siempre, desde antes de mí incluso, el dos… ¿No debería haber uno conjunto? Pues este precisamente es el problema del Ceder y el Dar.

Surje el problema de que mi confrontamiento es con una persona que se sacrifica por mí más de lo que yo puedo por él, que viene, que va, que trae, que lleva, que da sin parar y todo lo que puede, quiere y tiene. En cambio yo, aunque ganas no falten, no me encuentro en esa posibilidad. Esta es una situación inevitable porque no puede cambiarse. Y bien, ahí se da, él mucho porque puede, y yo todo lo que puedo aunque sea menos (que a veces menos es más, hemos de decir). Y la gran traba… ¿Es el dar mucho comodín para no ceder nada? En ocasiones me lo parece. Nos parece que alguien nos da tanto que nos quita automáticamente la posibilidad de tener razón, de tener un mal día, de poder quejarnos, de “ganar” en las peleas de a dos. Y es que el dar y el ceder no tienen que ver uno con otro.

Sentada, ya tranquila y pensando en todo esto llego a la conclusión de que el problema de mi joven amigo es ese, quizá la falta de experiencia ante problemas mayores o más serios haga que se creen problemas de cosas ínfimas como ya todos hemos (y a veces seguimos haciendo) alguna vez. ¿Y el mío? Nosotros superamos con creces la edad de ellos y sin embargo ahí estamos. Nosotros tenemos el problema inverso: la experiencia nos dice que debemos estar más a la defensiva, no ceder ante quien nos quiere abordar y tratar de ganar todas las batallas que antes nos han ganado aquello que no nos han querido lo suficiente.

Conclusión: pensar es una mierda, no hacerlo una derrota. Hablar es un palo, no hacerlo un desastre. Ser pequeño es una mierda, ser mayor, también.

Febrero 20, 2008

Oda a Blancanieves

Archivado en: General, anécdotas — avuiperahir @ 9:49 pm
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Ahora mismo, nada más que hace un rato, he visto en una simple manzana la verdad del universo (bueno, vale, no tanto pero ciertamente fue una gran verdad!). Con un hambre considerable, me aventuré en busca de una de mis hermosísimas manzanas rojas que casi siempre tengo en la nevera. Allí había tres, metí la mano y cogí la primera que encontré.

Qué condenada! Tan roja, tan sanota, fresquita, me invitaba a meterle un mordisco! Y bien que se lo dí. Y dos y tres y los que hizo falta. Tranquilamente me comí la manzana. Estaba pero riquísima!! Aunque de tanto estar en la nevera había perdido un poquito de su toque , pero bueno, que sentaba de bien que bueno bueno. Y así seguí comiendo la manzana (ñamñamñam).

Y cual fue mi sorpresa, cuando estaba acercándome al corazón de la misma manzana, que le doy un mordisco certero, de esto que todos los dientes hacen una fiesta y todo, y cuando aparto la boca de la susodicha manzana exquisita… Aquello era el corazón más marron y defectuoso que en mi vida había visto (qué forma más diplomática de decir que aquelloe staba más podrido que Cristobal Colón). Tras un segundo de incredulidad allá fui corriendo a echar de mi boca aquel mordisco de traición y engaño.

Y toda una moraleja que me ofreció la dichosa manzana y es que, por muy buena y saludable que parezca una cubierta, cuidado con los corazones, es posible que éstos no estén tan sanos y de buen ver. Que una bonita carne puede llevarte a un mordisco fatal a un corazón podrido.

Esta madre naturaleza lo tiene todo controlado.

Y desde este mismo post que a la fruta hace honor, saludo a mi querido primo, que aprendió la misma lección con un plátano y un montón de gusanitos que había dentro (mmmm !! viscoso… pero sabroso!!).

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