Es ese momento… Ese momento eterno que dura a penas unos segundos en el mejor de los casos, un minuto entero. La inmortalidad existe, existe como existe el deseo, como existe el viento, como existen los escalofríos que recorren la nuca.
De pronto todo se nubla, todo se nubla no siendo aquel sujeto que frena nuestro tiempo, que congela el instante, mínimo e intenso; a veces no es más que una caída, una palabra, un aliento… En muchas ocasiones, una mirada, penetrante, directa, llena de mensaje. Una caricia, un leve roce de dos manos que se tocan por casualidad, o una palma abierta deslizándose suavemente por una espalda desnuda.
Pero mis favoritos, sin duda, es la inmortalidad de la incertidumbre. Cuando aún no has decidido si dar un paso adelante o, en cambio, salir corriendo. Sabes que hagas lo que hagas ya, de cualquier forma, va a afectar, lo mínimo cambiará todo, quedará marcado. Piensas que es una gran decisión, piensa constantemente “¿Y sí…?”, y todo en una milésima, eterna, inmortal. Que dura lo inconmesurable, que te hace temblar, y sudar y sentir el nudo en tu barriga más grande del mundo. Te parece que si respiras se romperá el momento; sabes que si desvías la mirada lo destruirás del todo. Pero no sabes aún qué es exactamente lo que va a pasar.
El mundo hace rato que se ha detenido: la gente ha dejado de hablar, de caminar, de correr, de pasar a tu lado. Los relojes han dejado de moverse; los coches no avanzan, los árboles se quedan como estatuas y el viento se queda quieto, mirando, esperando qué es lo que va a pasar.
En esos momentos envidio a la gente impulsiva, que hace las cosas sin más. Aunque tiene su punto mantener por un instante el suspense, un instante inmortal y eterno.