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La primera vez que deseé besarle se marchitaban mis quince años. Al borde de los dieciseis estaba cuando empecé a darme cuenta de que había algo en él. Era distinto, era más y era mejor. Entonces no tenía claro por qué, ni cómo aprovecharlo; tenía miedo a lo desconocido.
Decidí entonces ser realista y él se bebió aquel mal trago como no vi a nadie hacerlo antes. Nunca vi su rostro cuando se enteró pero en mi mente lo tengo dibujado. Seguramente se calló, durante un segundo su expresión pareció vacía y sintió que caía por un abismo. Al instante siguiente seguiría hablando y riendo con normalidad y nadie se percataría de lo que acababa de pasar por su mente. Cuando el tema se hubiera desviado lo suficiente seguramente se callaría mientras los demás estaban entretenidos en cualquier conversación vanal y sería entonces cuando en su cabeza comenzarían a dar vueltas aquellas palabras: “su novio”.
Lo que entonces me pareció realista, con el tiempo se me antojó erróneo, supérfluo y propio de una comedia dramática.
Fue así como comenzamos y como nunca debió suceder. Hace algo más de un año más que ahora, me gustaba pensar que precisamente por ese intrincado comienzo tuvo nuestra existencia el desarrollo emocionante y hollywoodiense en el que acabaría envuelta.
La primera vez que pensamos en besarnos de forma recíproca y en el mismo segundo fue al año siguiente de el que fuera para él un gran y amargo trago. Había sido un año largo y extraño. Aquel seguía siendo mi novio. Yo seguía con mi vida de anuncio de detergente por un lado y, mi otra vida, la que decidí que no era realista, esperándome cada día, detrás de cada llamada, en cada correo electrónico, en cada mensaje.
Desde que me despedí de él tras aquella primera y trágica vez, se me encogió el corazón pensando que no volvería a verlo hasta el año siguiente. Pero el destino, aunque malicioso y manipulador, haría innumerables las veces que las oportunidades de vernos se multiplicaban. Una de cal y una de arena: por cada mala jugada nos regalaba una coincidencia que nos unía. Así un día mi familia y yo, hicimos las maletas, nos subimos al coche y nos tomamos nuestras primeras vacaciones en familia precisamente a su ciudad. Una vez más, una de cal y una de arena: yo iría, pero él se marcharía de vacaciones el mismo día de mi llegada. Coincidimos en la misma parcela del planeta a penas 15 minutos.

Una nueva escena propia de una película me regaló la coincidencia. Salí apurada de la habitación, llamé al ascensor y me metí dentro. Era un ascensor de cristal situado en el centro del hotel. Si miraba hacia el frente, justo debajo de mí podía ver el hall de entrada, la recepción, las puertas giratorias, la entrada del hotel y el largo pasillo que conducía de la puerta del ascensor hasta la recepción. Era un pasillo estrecho, de a pensas un metro y medio de ancho, con el suelo de cristal cubriendo una superficie de colores dispuestos en formas diversas sobre un fondo azul. Se alzaban en ambos bordes sendas barandillas de acero. Lo asocié vagamente con las pasarelas para subir a los trasatlánticos.
Mientras descendía en el ascensor, justo delante del cristal y viendo todo lo que me esperaba debajo, lo ví a él, en la entrada del hotel, fuera, apeándose del coche, justo en frente mía. Se quitó las gafas de sol y miró donde yo estaba, dos pisos más arriba, descendiendo lentamente hacia la pasarela. Salí del ascensor y caminé ligera por ella mientras él atravesaba las puertas giratorias y se detenía a esperarme al final de aquel pasillo. Lo que debieron ser segundos me parecieron interminables y largos horas. Estaba allí, allí mismo, a unos metros de mí. Cuando llegué a su lado, nos quedamos quietos un imperceptible segundo, suficiente pare decirnos todo lo que tan sólo se puede trasmitir con una mirada. Nos abrazamos fuertemente y sentí la tranquilidad que puede sentir alguien a quien rescatan, alguien que consigue al fin lo que llevaba tiempo esperando, que al fin puede descansar porque lo ha logrado.
Quince minutos fueron más que suficientes para que el resto de las vacaciones no pudiera quitarme de la cabeza que no habían sido suficientes. El camino de vuelta a casa se hizo terrible. Y tardé semanas en dejar de pensar en ello.
Fue entonces, sí, después de aquel breve encuentro cuando por primera vez surgió. Era verano, y como cada verano volvía. No vivia aún así precisamente cerca pero sí lo suficiente para que no pareciera tanto comparado con el resto del año. Vino a verme una vez más y una vez más sentí ese alivio de verle, quizá un poco menos puro e inocente que la última vez pero, como mínimo, igual de intenso. Las cosas a nuestro alrededor había cambiado, pero nosotros permanecíamos siempre como la última vez que nos habíamos visto. Hasta entonces nuestra amistad había sido un incesante desfile de “No puede ser” en cada conversación y en cada idea que planteábamos. En su visita no iba a ser menos asíque siguiendo mi ejemplo y nombrando realista una acción que en evidencia era de lo más errónea y supérflua, decidió que era mejor tener carabina.
Esa vez, la estaca de la despedida se clavó más profunda que nunca. Se había ido, pero aún había remedio. Me pasé un día entero dudando e intentando decidir. Al final de la tarde no pude más y no quise repetir la historia como tantas otras veces nos había ya pasado, así que descolgué el teléfono, marqué su número y le pedí que volviese. Noté al princpio un silencio de preocupación que no tardó nada en convertirse en lo que me pareció una sonrisa de alivio. Tiempo después me confesabas que te habías sentido como un estúpido al haber decidido tomar mano el primer día de alguien que sirviera de excusa para el “no”.
Las ganas de vernos fueron ese segundo día explosivas. En cada mirada nos tomábamos sin remedio pero nos esquivábamos al límite. Al final de la tarde nos sentamos a tomar algo y entre conversaciones vanales y risas estrepitosas dejamos de esquivarnos un momento, un momento largo e intenso en el que con un pretexto infantil el tiempo alcanzó a detenerse allí mismo, en aquel bar. Estuvimos tan cerca que pude notar el roce de su piel en mi cara, su respiración tibia y acompasada y sus ojos ya borrosos frente a los míos. Dejé de respirar, abrí los ojos de par en par justo antes de dejarme vencer y cerrarlos despacio, cuando me dí cuenta que ya no podía ir más hacia atrás, no podía atravesar la pared que estaba contra mi espalda, no podía evitarlo. No recuerdo cuanto tiempo estuvimos así, a una micra de calmar el deseo más desenfrenado, la tensión podía casi tocarse con la yema de los dedos pero recuerdo perfectamente la milésima en que el tiempo volvio a correr y el ruido de la gente llegó a mí de nuevo; la milésima en que volviste a la realidad y te apartaste justo a tiempo de transguedir las normas.
Tomaste aire, miraste un momento al vacío, luego me miraste a mí y te reíste.
-¿Qué?-dijiste divertido.
Es algo que siempre me ha gustado de tí, saber sacarle siempre hierro al asunto.
Fue entonces la primera vez que ví claramente el muro de contención que habíamos estado construyendo.
El muro…
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