A veces no sé si es el mismo silencio el que me despierta. Simplemente sé que cuando no se oye nada de nada es cuando mejor y más agradable me resulta la vuelta al mundo de los conscientes. y ésta era una de esas veces.
Tan sólo una rendija de mi persiana se había quedado abierta, permitiendo pasar unos tibios rayos de luz que iluminaban toda la estancia, lo cual, dado el tamaño de la misma, no es que fuera mucho mérito. Me fastidiaba horrores que esto me pasara ya que la moderada fotofobia que sufrían mis ya de por sí tarados ojos era más que suficiente para que fuese una misión casi imposible seguir durmiendo con la mínima densidad de luz. Pero aquel día, bueno, se ve que no había mucha luz y se me había permitido el lujo de dormir hasta tarde a pesar del despiste.
Me doy media vuelta.
Llega la pregunta de siempre: ¿Me levanto o mejor me quedo un rato más? Y es que estar de vacaciones y no tener que cumplir ningún horario tiene más dificultad de lo que la gente muchas veces se piensa. O quizá sea simple aburrimiento, no lo sé, pero el caso es que siempre que llegan estas fechas y no he planeado nada que hacer por la mañana, viene a mí mi discusión matinal predilecta.
Me detengo a escuchar un momento. Nada. Silencio. Silencio total y absoluto. La verdad es que me encanta despertarme y que no haya nadie en casa. No soporto que me aborden con bromitas, preguntas y demás histerias en cuanto abro la puerta de mi habitación intentando llegar al baño con los ojos cerrados. La gente que lleva horas despierta tiene la inquietante necesidad de bombardear tu cabeza con frases sin sentido que no tienes ganas de escuchar o, por el contrario, mil órdenes y cosas importantes que debes recordar pero que, evidentemente, en ese estado no recuerdas. Así que, cuando no hay nadie en mi casa al despertarme, es cuando hay más puntos a favor de que me levante.
Me vuelvo a dar la vuelta.
Pero a ver, realmente, ¿qué es lo que pretendo levantándome? ¿Limpiar? ¿Ordenar? ¿O tal vez ponerme a hacer esos cientos de cosas que siempre digo que hay que hacer, que nunca hago y que, por encima, espero hacer cuando esté de vacaciones? Vaya, ninguna de las opciones me atrae ni mínimamente. Aunque sé que si me pongo a ello, las hago todas. Pero en fin, estoy de vacaciones, tengo tiempo para hacer todas esas cosas en otro momento.
Suspiro.
Después de quedarme un ratito hundida en mi nórdico, mirando el rayito de luz que se cuela por mi persiana, justo cuando creo que ya he decidido qué hacer con respecto a mi famosa pregunta, me asaltan más dudas: Si me quedo más en cama… ¡A ver si va a llegar la gente y voy a tener que levantarme y aguantar las frases y preguntas varias que tienen preparadas para dispararme!
Vaya hombre, ahora que ya tenía decido qué hacer. No me apetece nada levantarme y aguantar esto. Quizá debiera apresurarme a salir de la cama e irme directa a desayunar para poder ver en la tele cuanto me plazca y pasarme el tiempo que quiera con la magdalena en la mano y la boca abierta mirando para la pantalla. Bueno, vale, será lo mejor.
Me vuelvo a dar la vuelta, mirando hacia el lado libre de mi cama, por el que se supone que me dispongo a salir. Me quedo mirando la pared de en frente. La luz del resto de la casa se cuela por la rendija que queda por debajo de la puerta. ¿Y si me parece que no hay nadie pero en realidad sí que hay?
Vaya fastidio. Eso sí que es peor que cualquier cosa: salir tan feliz y tranquila pensando que no hay nadie y que te aborden por sorpresa. Al menos del otro modo estoy ya más o menos concienciada. ¿Y si simplemente no llegan a mí los ruidos cotidianos? Eso me da el triple de pereza. A veces me encantaría tener una especie de pantallita controlando la casa para saber si debo levantarme o no.
Me esfuerzo por escuchar pero el silencio más absoluto persiste. Me escondo por completo bajo el nórdico intentando acabar con la discusión conmigo misma, como si no me quisiera dejar escapar y quisiera acorralarme bajo aquel montón de tejido calentito.
Bueno, a ver, que como siga así me voy a quedar dormida de nuevo, duermo demasiado y luego no hay quien me aguante, lo cual es peor que todo lo demás porque me fastidia el día completo. Realmente me voy a levantar de todos modos, ¿no? ¿Qué más da ahora que dentro de un rato? Venga, vale, que sí, que salgo ya de la cama.
Me destapo un poco y saco un pie fuera del nórdico. Me doy entonces cuenta de que es un fastidio no dormir con pantalones porque hace un frío fuera de la cama que no hay quien aguante. Ahora sí que la hemos hecho buena. Ya no sé si me agobia más salir de la cama o quedarme en ella.
Cuando estoy a punto de entrar en una lucha a muerte conmigo misma, oigo algo extraño. Me quedo inmóvil un momento y escucho. Un zumbido. Un zumbido rítmico y persistente. Persiste. Sigue persistiendo.
¡Anda, me llaman! Finalmente descuelgo:
-Oye, ¿qué? ¿Estabas durmiendo? ¿No? Genial. Te apetece… Acompañarme… Bueno… Me gustaría que… Si tú quieres, ¿eh? Y si no tienes nada que hacer, claro… Esto… ¿Vamos a comer juntos?
Y, de lo que me parece tan solo un salto, salgo de la cama, me ducho, me visto, me arreglo y salgo a la calle.
¡Para que luego digan que los hombres no colaboran!