Lo justo y necesario

Marzo 1, 2009

- 6 -

Archivado en: Relatos — avuiperahir @ 8:29 pm
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(viene de -5-)
En el fondo ambos sabíamos que aquello acabaría algún día. Desde el momento en que decidí intentar olvidarlo con otro y no lo conseguí, cada uno por su lado entendimos que siempre íbamos a estar ahí. El tiempo transcurría ligero, días y meses volaban y en vez de alejarnos por la distancia y las circunstancias, al margen del resto del mundo, seguíamos creciendo hacia todos lados. Absorvíamos todos los momentos posibles, las vivencias, las alegrías, las tristezas y cada noche se deshacía como el humo de una mecha recién apagada: siempre esperando volver a encenderse con el nuevo día.

Pero esto nunca me preocupó. La vida continuó y su existencia se hizo para mí tan imprescindible como predecible, y me entretenía en mi eterna ingenuidad convenciéndome a mí misma de que aquello no era más que un dulce que se me antojaba apetecible por el simple hecho de no poder probarlo. Lo oculto y desapercibido de nuestro mundo comenzó entonces a ser una ventaja ante esta situación.

Las sutiles muestras de cariño, las sonrisas, los guiños, las palabras antes de dormir… Poco a poco pasaron a acentuarse, a hacerse incluso atrevias y descaradas. Habíamos comenzado una partida de agilidad y pasión para movernos sin ser vistos y a penas sin ser conscientes de cual sería el final.

Pero todo tenía límites que no debíamos pasar y que de hecho jamás pasábamos. Acabamos formando una burbuja de aire fresco en la que nos sumerjíamos cada vez que sonaba el teléfono y que se cerraba cuando volvíamos a nuestras respectivas vidas en el interior. Tan espontáneo como inusual. Hasta que lo que nunca pensamos que llegaría, llegó y los límites que nos parecían descabellados y de lo más lejanos, poco a poco se aproximaron y se hicieron visibles, tanto que podían llegar a quemarnos las yemas de los dedos. Fue entonces cuando comenzamos a poner un biombo entre nosotros con los continuos “No puede ser”. Como un yo-yo nos acercábamos y alejábamos al llegar al punto de decir esto. Comenzaron las tiranteces.

Fue entonces cuando me dí cuenta de que era una locura, de que había pasado dos años equivocada y que aquel no era un dulce cualquiera que tienta a ser comido. Aquel dulce era mucho más.

Mucho más…

Julio 1, 2008

- 5 –

Archivado en: Relatos, amor — avuiperahir @ 1:38 am
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(viene de -4-)

Sin darme cuenta las paradas se iban sucediendo unas a otras. Con el tiempo había aprendido a dejar de oír la repetitiva musiquilla que precedía al anuncio de las paradas. En ese momento nos mirábamos y jugábamos a leernos el pensamiento en medio de aquella masa de gente que ni tan siquiera reparaba en nuestra presencia.

No volví a preguntarte por nuestro destino, sabía que sería inutil: cuando te propones algo no hay quien te lo haga quitar de la cabeza.

Tu reloj marcaba las siete y cuarto de la tarde por lo que supuse que habría ya anochecido por encima de nuestras cabezas sin que pudiéramos disfrutarlo.

Entonces sí empecé a fijarme en la gente; cada vez entraban más apurados y pude observar que más mojados: había comenzado a llover con fuerza allí arriba. Sonreí. No llevaba paraguas y entonces podría llevarte a hacer algo que me encantaba y que un día me comentaste que nunca habías hecho. La verdad es que hasta aquel momento no habíamos tenido oportunidad pero aquella se presentaba perfecta.

El vagón comenzó a vaciarse y nosotros seguíamos sin apearnos. La gente iba y venía y cuanto más cerca estábamos de Canyelles menos gente se subía. Recordaba aquella sensación, la sentía como lejana en algún rincón apartado y frío de mi mente. Recordaba mirar la hilera de vagones vacíos y el silencio que poco a poco iba inundando el metro que se vaciaba de conversaciones, música y ajetreos. A pesar del vacío, casi me parecía notar que cada vez me estrechabas más entre tus brazos, como si quisieras hacerme ver que no iba a poder escaparme. Era una sensación agradable.

Hundí mi cara en tu abrigo un rato. Me gustaba hacerlo, tenerte cerca e inspirar fuerte para sentir tu aroma, tu olor característico con tu perfume de siempre. Desprendías una calidez que me gustaba pensar que tan solo yo podía sentir. Acariciaste mi pelo despacio y me susurraste lo mucho que te gustaba. Sonreí y cuando levanté la cabeza dispuesta a besarte, encontré tu cara sonriente con los ojos bien abiertos.Mundet

-¡Vamos!- dijiste con efusividad mientras me cogías de la mano para llevarme de nuevo en tu misteriosa aventura.

El metro se detuvo y se abrieron las puertas. Delante de mí podía ver la pared del fondo que correspondía a las vías del metro que circulaba en el sentido opuesto. En el medio de ambas vías, se extendía un pasillo central con el suelo en gris y negro, muy pulcro y muy escueto que acentuaba la sensación de vacío y soledad que transmitía la estación. En el medio, unos cubos rectangulares se elevaban sobre el suelo a modo de asiento. Tenían aspecto de ser tan fríos como la estancia en la que estaban. Las bandas retroiluminadas que indicaban la estación y la linea en la que nos encontrábamos dabam un tono de calidez que cortaba lo lúgubre de la estancia. Aquel inusual silencio en una estación de metro de Barcelona se me antojaba un tanto escalofriante al tiempo que singular, especial y, en ese momento, íntima. Los recuerdos volvieron a inundarme suavemente la mente, como una neblina espesa que lo cubre todo.

Andamos, esta vez despacio, hacia la izquierda. Al final del pasillo central estaban las escaleras que conducían a una especie de descansillo en el cual estaban las máquinas dispensadoras de tickets. Aquel descansillo servía a su vez de conexión entre los dos lados de la ronda que pasaba justo por encima para facilitar el paso a los biandantes. Nosotros tomamos la salida de la izquierda.

Justo antes de salir te detuviste en seco. Una pendiente ascendía hasta llegar al nivel de la calle. Ahí fuera llovía a cantos. La lluvia descargaba con toda intensidad ante nosotros. Dudaste y sé que por tu mente pasó la idea de quedarnos allí a esperar. Posé mi mano sobre tu hombro y suavemente te giré hasta apoyarte contra la pared. Entonces dejé caer despacio mi cuerpo hasta que estuvo descansando sobre el tuyo y te miré a los ojos como me gustaba hacer siempre que iba a hablar contigo.

-¿Es aquí donde has planeado la escapada?- pregunté graciosa.

-Sí, aquí mismo, ¿qué te parece el sitio? ¿Es del agrado de la señorita?

El distrito de Horta-Guinardó fue siempre un distrito a parte para nosotros. Nada nos llevaba allí nunca: tu trabajo transcurría casi siempre en la periferia, el mío en la parte más al norte de Sarrià-St. Bajábamos a tomar una cerveza por el Port Olimpic y nos quedábamos recordando tiempos igual de buenos que entonces aunque quizá más difíciles, y pasábamos días enteros viajando por la provincia y paseando, aunque a regañadientes por tu parte, por Ciutat Vella. Pero Horta-Guinardó era un sitio distinto, era un paréntesis lejos de la rutina. No habíamos vuelto a recorrerlo juntos desde hacía años, lo cual resultaba bastante curioso viviendo dentro de la misma ciudad. Nunca hubiera imaginado terminar una tarde como aquella en un sitio como ese pero, por no variar, siempre has sabido cómo sorprenderme para bien.

Mirabas hacia el cielo, como solías hacer siempre que llovía, como pidiendo que parase o preguntando que por qué tenía que suceder justo en ese momento. Entonces fui yo la que te cogió de la mano y te llevó hacia el exterior casi corriendo.

-¿Qué haces?- preguntaste mientras oponías levemente resistencia.

-¡Venga, vamos!

-¡Pero nos empaparemos!

-De eso se trata- dije sonriendo.

Me encantaba estar bajo la lluvia y hacía muchísimo que no lo hacía. Sentir las gotas golpeando aleatoriamente contra tí, sin más, por inercia. Sentirlas resbalando por tu cara, recorriendo cada pliegue y cada curva. Hacía ya demasiado, cuando todo era más emocionante pero menos fácil, me dijiste que nunca te habías puesto bajo la lluvia dejando que te mojara, como si no tuvieras nada que perder y que tampoco te habían besado nunca de esa guisa, evidentemente.

Te dí un tirón aprovechando que te tenía cogido de la mano y enseguida te atraje hacia mí. Me mirabas extrañado y te disponías abrir la boca para decir algo cuando, imitando tu reacción del metro, te hice callar.

Las calles estaban vacías. Aquel era uno de los barrios más tranquilos y protegidos de la ciudad. A pesar de que la Ronda de Dalt transcurría apenas a 20 metros de nosotros, la serenidad reinaba en aquellas calles, como si los edificios que hacían de frontera entre la ronda y el barrio dejaran el ruido y el estress al otro lado.

Estuvimos varios minutos allí, así, besándonos como nunca habíamos dejado de hacer, como si fuera la primera vez y la última al mismo tiempo. No pasaba nadie en ese momento por la calle por lo que se antojó un ntimo en un sitio singular para ello. La lluvia ya había empapado nuestro pelo y nuestros abrigos cuando lentamente separaste tu rostro del mío.

-¿Vamos?

-¿A dónde?- pregunté traviesa. En realidad lo sabía perfectamente Hacía años que no íbamos, sí, y también mucho tiempo que puede que no pensara en ello, pero sabía perfectamente lo que hacíamos precisamente a la entrada de aquella parada de metro de la línea 3.

Miré un momento a mi alrededor, pero no observando lo que me rodeaba sino retomando imágenes que ya estaban plasmadas en mi mente y comparándolas con lo que tenía delante. Echamos a andar y me agarraste fuerte de la mano: una pequeña emoción explotaba dentro de tí, estaba segura. En el fondo siempre has sido un romántico incorregible.

En el fondo…

Junio 30, 2008

Buenos días (por la mañana)

Archivado en: Pensamientos, Relatos — avuiperahir @ 1:38 am
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A veces no sé si es el mismo silencio el que me despierta. Simplemente sé que cuando no se oye nada de nada es cuando mejor y más agradable me resulta la vuelta al mundo de los conscientes. y ésta era una de esas veces.

Tan sólo una rendija de mi persiana se había quedado abierta, permitiendo pasar unos tibios rayos de luz que iluminaban toda la estancia, lo cual, dado el tamaño de la misma, no es que fuera mucho mérito. Me fastidiaba horrores que esto me pasara ya que la moderada fotofobia que sufrían mis ya de por sí tarados ojos era más que suficiente para que fuese una misión casi imposible seguir durmiendo con la mínima densidad de luz. Pero aquel día, bueno, se ve que no había mucha luz y se me había permitido el lujo de dormir hasta tarde a pesar del despiste.

Me doy media vuelta.

Llega la pregunta de siempre: ¿Me levanto o mejor me quedo un rato más? Y es que estar de vacaciones y no tener que cumplir ningún horario tiene más dificultad de lo que la gente muchas veces se piensa. O quizá sea simple aburrimiento, no lo sé, pero el caso es que siempre que llegan estas fechas y no he planeado nada que hacer por la mañana, viene a mí mi discusión matinal predilecta.

Me detengo a escuchar un momento. Nada. Silencio. Silencio total y absoluto. La verdad es que me encanta despertarme y que no haya nadie en casa. No soporto que me aborden con bromitas, preguntas y demás histerias en cuanto abro la puerta de mi habitación intentando llegar al baño con los ojos cerrados. La gente que lleva horas despierta tiene la inquietante necesidad de bombardear tu cabeza con frases sin sentido que no tienes ganas de escuchar o, por el contrario, mil órdenes y cosas importantes que debes recordar pero que, evidentemente, en ese estado no recuerdas. Así que, cuando no hay nadie en mi casa al despertarme, es cuando hay más puntos a favor de que me levante.

Me vuelvo a dar la vuelta.

Pero a ver, realmente, ¿qué es lo que pretendo levantándome? ¿Limpiar? ¿Ordenar? ¿O tal vez ponerme a hacer esos cientos de cosas que siempre digo que hay que hacer, que nunca hago y que, por encima, espero hacer cuando esté de vacaciones? Vaya, ninguna de las opciones me atrae ni mínimamente. Aunque sé que si me pongo a ello, las hago todas. Pero en fin, estoy de vacaciones, tengo tiempo para hacer todas esas cosas en otro momento.

Suspiro.

Después de quedarme un ratito hundida en mi nórdico, mirando el rayito de luz que se cuela por mi persiana, justo cuando creo que ya he decidido qué hacer con respecto a mi famosa pregunta, me asaltan más dudas: Si me quedo más en cama… ¡A ver si va a llegar la gente y voy a tener que levantarme y aguantar las frases y preguntas varias que tienen preparadas para dispararme!

Vaya hombre, ahora que ya tenía decido qué hacer. No me apetece nada levantarme y aguantar esto. Quizá debiera apresurarme a salir de la cama e irme directa a desayunar para poder ver en la tele cuanto me plazca y pasarme el tiempo que quiera con la magdalena en la mano y la boca abierta mirando para la pantalla. Bueno, vale, será lo mejor.

Me vuelvo a dar la vuelta, mirando hacia el lado libre de mi cama, por el que se supone que me dispongo a salir. Me quedo mirando la pared de en frente. La luz del resto de la casa se cuela por la rendija que queda por debajo de la puerta. ¿Y si me parece que no hay nadie pero en realidad sí que hay?

Vaya fastidio. Eso sí que es peor que cualquier cosa: salir tan feliz y tranquila pensando que no hay nadie y que te aborden por sorpresa. Al menos del otro modo estoy ya más o menos concienciada. ¿Y si simplemente no llegan a mí los ruidos cotidianos? Eso me da el triple de pereza. A veces me encantaría tener una especie de pantallita controlando la casa para saber si debo levantarme o no.

Me esfuerzo por escuchar pero el silencio más absoluto persiste. Me escondo por completo bajo el nórdico intentando acabar con la discusión conmigo misma, como si no me quisiera dejar escapar y quisiera acorralarme bajo aquel montón de tejido calentito.

Bueno, a ver, que como siga así me voy a quedar dormida de nuevo, duermo demasiado y luego no hay quien me aguante, lo cual es peor que todo lo demás porque me fastidia el día completo. Realmente me voy a levantar de todos modos, ¿no? ¿Qué más da ahora que dentro de un rato? Venga, vale, que sí, que salgo ya de la cama.

Me destapo un poco y saco un pie fuera del nórdico. Me doy entonces cuenta de que es un fastidio no dormir con pantalones porque hace un frío fuera de la cama que no hay quien aguante. Ahora sí que la hemos hecho buena. Ya no sé si me agobia más salir de la cama o quedarme en ella.

Cuando estoy a punto de entrar en una lucha a muerte conmigo misma, oigo algo extraño. Me quedo inmóvil un momento y escucho. Un zumbido. Un zumbido rítmico y persistente. Persiste. Sigue persistiendo.

¡Anda, me llaman! Finalmente descuelgo:

-Oye, ¿qué? ¿Estabas durmiendo? ¿No? Genial. Te apetece… Acompañarme… Bueno… Me gustaría que… Si tú quieres, ¿eh? Y si no tienes nada que hacer, claro… Esto… ¿Vamos a comer juntos?

Y, de lo que me parece tan solo un salto, salgo de la cama, me ducho, me visto, me arreglo y salgo a la calle.

¡Para que luego digan que los hombres no colaboran!

Junio 26, 2008

- 4 -

Archivado en: Fotos, Relatos — avuiperahir @ 12:09 am
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(viene de - 3 -)

El resto del mundo no sabía nada de nosotros; me constaba que a penas unos pocos eran conscientes, según más adelante me comentaron, de que había buen rollo entre nosotros y de que nos llevábamos bien, sin más. Desde el principio parece que fuimos dos sujetos que no casábamos para nada, siempre a ojos de los demás. Lejanos en el espacio y en el tiempo, todos dieron por hecho que no éramos más que puntos casuales en medio de una maraña de líos, que la superficialidad de nuestra amistad era equiparable a cualquiera de las otras amistades del entorno y llamaba exageradamente poco la atención.

Nunca tuve claro por qué pero sí es cierto que el mundo nos olvidó antes de llegar a reconocernos siquiera. Y curiosamente, a medida que se acentuaba nuestro lazo, menos y menos nos relacionaba la gente el uno con el otro sin que nosotros hubieramos pretendido ocultar algo, aunque por aquel entonces no hubiera nada que lo requiriera.

La edad no importa, Ana PiédrolaY la verdad, es que pensado fríamente, tenían razón. Nuestras vidas, sino opuestas, eran lo más distito que uno se podía imaginar. Nos separaban una buena cantidad de años, una buena cantidad de kilómetros, una buena cantidad de vivencias, de pensamientos, de opiniones, de compañías y de gustos. Curiosamente, lo que más nos unía eran nuestras familias que, con el tiempo, llegaron a parecerme prácticamente una el reflejo de la otra, aún habiendo un gran abismo de edades entre ellas. Curiosamente también, a pesar de esto, sería siempre la parte de nuestra vida que siempre mantendríamos alejada del otro, quizá precisamente por lo parecidas que se nos habían antojado.

Su vida era frenética y enérgica. Siempre honrada pero emocionante. Desde antes de que yo aprendiera siquiera a multiplicar, él ya estaba aficionado a la fiesta, a la noche, a las risas, a dormir poco y vivir mucho. Y curiosamente, esto último, de fiesta o no, era algo que jamás olvidaba. Viajes, escapadas, experiencias inolvidables, unas mejores, otras peores. Retos, juegos, aventuras… Su vida era un torbellino, igual que él ha sido siempre, y con el tiempo aprendería que una de las cosas que más me gustaban de él era precisamente escuchar todos estos episodios de los que yo no pudiera quizá ni imaginar la repercusión que habrían hecho en él.

En cambio yo, llevaba una vida más o menos tranquila, típica y organizada. La mayor parte del tiempo sabía qué me iba a pasar, a veces a ciencia cierta y otras muchas por esa curiosa tendencia a preveer las cosas de mi alrededor que poseía. Mi caracter agridulce le dejó siempre claro que era una persona que aspiraba a mucho más de lo que tenía, que podría hacer grandes cosas y que tenía para en señar diez veces más de lo que mi vida me había permitido demostrar.

Quizá eso le llamara la atención en mí. O puede que la espontaneidad de mis palabras, la sinceridad de mis actos, la intensa preocupación, la paciencia, las horas de charlas o simplemente alguna chispa incomprensible. Le llamé la atención y siempre ha sido de ese tipo de personas que sabe lo que quiere y que va a por ello de una forma sutil y certera. Pienso muchas veces que conmigo no fue distinto, que en medio de aquella multitud que le abordaba me vio y decidio que yo era diferente a lo que estaba acostumbrado y, desde luego, eso era todo un logro en su vida.

Como siempre hacía, de forma sutil fuimos tejiendo una delicada red que se haría más y más grande y, para nuestra desgracia, más y más complicada a cada paso. Fue persistente, paciente y compresivo. Fue todo lo que nadie más que él o yo hubiéramos sido.

Pero ni tan siquiera cuando la edad o los km eran el menor de nuestros impedimentos, dejamos ni un solo día de mimar y conservar el que se había convertido en nuestro exclusivo y resguardado mundo. Me enseñó a conservar lo que más quería, a ser paciente y constante, a ser natural y segura de mí misma, pero sobre todo, muy poco a poco, me enseñó a amarlo suave pero intensamente, de forma fluída pero pausada, igual que emana la sangre espesa de un cuerpo herido. Y eso sí, sin ser consciente de ello, al menos no en principio.

Sin darme cuenta...

(sigue en -5-)

Junio 25, 2008

- 3 -

Archivado en: Relatos, amor — avuiperahir @ 1:15 am
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( viene de - 2 - )

El muro de cristal que nos separaba de la calle empezó a temblar con la fuerza del viento y la lluvia: se avecinaba una buena tormenta. Yo miraba distraída hacia fuera, miraba cómo la gente corría de un lado para otro, metiéndose en el metro lo antes posible para evitar la que se les venía encima. Todavía llovía suavemente pero pronto se desataría una de esas trombas de agua que tanto echaba yo de menos desde que vivía allí.

-Si no nos vamos ahora tendremos que quedarnos aquí hasta que pase la tormenta-, dijiste mientras jugabas con mis dedos-. ¿Qué te apetece hacer?

Apenas me quedé meditando un momento, entonces me levanté, di la vuelta a la mesa y me senté sobre tu regazo. Me sonreíste y pasaste las manos alrededor de mi cintura. Entonces recordé algo que me habías dicho ya hace tiempo, cuando todo era más difícil y cuando cada vez que nos veíamos era como una fiesta nacional para nosotros.

-¿Qué te parece si hoy no volvemos a casa?

-¿No volver a casa? ¿Y eso?

-Sí, ¿por qué no? Escapémonos un poco. Ahora podemos-, le dije guiñando un ojo. No hacía tanto que habíamos conseguido terminar con lo que parecía una eterna época en la que escaparnos juntos, además de imposible, era lo que deseábamos constantemente.

Plaça Catalunya

Me miraste con esa cara que pones cuando maquinas algo para complacerme, por el simple gusto de verme feliz. Pagamos los cafés, cogiste mi mano y me guiaste hasta la calle. Me besaste y volviste a cogerme para llevarme hasta la parada de metro de Plaça Catalunya. No dijiste nada en todo el trayecto, tan sólo me llevabas de la mano, casi corriendo, esquivando a la gente y apretándome fuerte. En medio de la multitud y de la carrera, acertabas a mirar hacia atrás, a mirarme y sonreír: algo tramabas.

El metro estaba abarrotado. Me llevaste hasta la línea 3 y en seguida subimos en uno de los vagones. Viajamos de pie apoyados en los asientos cuyos respaldos daban a las puertas de acceso.

-¿Dónde me llevas?

-¿No querías que nos escapáramos?-, dijiste con una sonrisa de medio lado.

-Sí, claro, ¡pero también me gustaría saber a dónde voy a escaparme!

Apenas hube dicho esto, pusiste tu dedo índice sobre mis labios y a continuación me besaste ante la aburrida mirada de los usuarios del metro. La mayor parte de la gente volvería a casa después de trabajar o después de sus compras. Me gustaba aquella sensación de complicidad que teníamos en medio de aquel bullicio, el saber que nadie se imaginaba si quiera qué podíamos tramar o lo distintas que podían ser nuestras vidas con respecto a las del resto de ocupantes. Siempre has sabido llevarme a un mundo distinto y a parte del resto.

El resto…

(sigue en - 4 -)

Abril 10, 2008

- 2 -

Archivado en: Fotos, Relatos, amor — avuiperahir @ 3:54 am
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( viene de - 1 - )

La primera vez que deseé besarle se marchitaban mis quince años. Al borde de los dieciseis estaba cuando empecé a darme cuenta de que había algo en él. Era distinto, era más y era mejor. Entonces no tenía claro por qué, ni cómo aprovecharlo; tenía miedo a lo desconocido.

Decidí entonces ser realista y él se bebió aquel mal trago como no vi a nadie hacerlo antes. Nunca vi su rostro cuando se enteró pero en mi mente lo tengo dibujado. Seguramente se calló, durante un segundo su expresión pareció vacía y sintió que caía por un abismo. Al instante siguiente seguiría hablando y riendo con normalidad y nadie se percataría de lo que acababa de pasar por su mente. Cuando el tema se hubiera desviado lo suficiente seguramente se callaría mientras los demás estaban entretenidos en cualquier conversación vanal y sería entonces cuando en su cabeza comenzarían a dar vueltas aquellas palabras: “su novio”.

Lo que entonces me pareció realista, con el tiempo se me antojó erróneo, supérfluo y propio de una comedia dramática.

Fue así como comenzamos y como nunca debió suceder. Hace algo más de un año más que ahora, me gustaba pensar que precisamente por ese intrincado comienzo tuvo nuestra existencia el desarrollo emocionante y hollywoodiense en el que acabaría envuelta.

La primera vez que pensamos en besarnos de forma recíproca y en el mismo segundo fue al año siguiente de el que fuera para él un gran y amargo trago. Había sido un año largo y extraño. Aquel seguía siendo mi novio. Yo seguía con mi vida de anuncio de detergente por un lado y, mi otra vida, la que decidí que no era realista, esperándome cada día, detrás de cada llamada, en cada correo electrónico, en cada mensaje.

Desde que me despedí de él tras aquella primera y trágica vez, se me encogió el corazón pensando que no volvería a verlo hasta el año siguiente. Pero el destino, aunque malicioso y manipulador, haría innumerables las veces que las oportunidades de vernos se multiplicaban. Una de cal y una de arena: por cada mala jugada nos regalaba una coincidencia que nos unía. Así un día mi familia y yo, hicimos las maletas, nos subimos al coche y nos tomamos nuestras primeras vacaciones en familia precisamente a su ciudad. Una vez más, una de cal y una de arena: yo iría, pero él se marcharía de vacaciones el mismo día de mi llegada. Coincidimos en la misma parcela del planeta a penas 15 minutos.

Pasarela

Una nueva escena propia de una película me regaló la coincidencia. Salí apurada de la habitación, llamé al ascensor y me metí dentro. Era un ascensor de cristal situado en el centro del hotel. Si miraba hacia el frente, justo debajo de mí podía ver el hall de entrada, la recepción, las puertas giratorias, la entrada del hotel y el largo pasillo que conducía de la puerta del ascensor hasta la recepción. Era un pasillo estrecho, de a pensas un metro y medio de ancho, con el suelo de cristal cubriendo una superficie de colores dispuestos en formas diversas sobre un fondo azul. Se alzaban en ambos bordes sendas barandillas de acero. Lo asocié vagamente con las pasarelas para subir a los trasatlánticos.

Mientras descendía en el ascensor, justo delante del cristal y viendo todo lo que me esperaba debajo, lo ví a él, en la entrada del hotel, fuera, apeándose del coche, justo en frente mía. Se quitó las gafas de sol y miró donde yo estaba, dos pisos más arriba, descendiendo lentamente hacia la pasarela. Salí del ascensor y caminé ligera por ella mientras él atravesaba las puertas giratorias y se detenía a esperarme al final de aquel pasillo. Lo que debieron ser segundos me parecieron interminables y largos horas. Estaba allí, allí mismo, a unos metros de mí. Cuando llegué a su lado, nos quedamos quietos un imperceptible segundo, suficiente pare decirnos todo lo que tan sólo se puede trasmitir con una mirada. Nos abrazamos fuertemente y sentí la tranquilidad que puede sentir alguien a quien rescatan, alguien que consigue al fin lo que llevaba tiempo esperando, que al fin puede descansar porque lo ha logrado.

Quince minutos fueron más que suficientes para que el resto de las vacaciones no pudiera quitarme de la cabeza que no habían sido suficientes. El camino de vuelta a casa se hizo terrible. Y tardé semanas en dejar de pensar en ello.

Fue entonces, sí, después de aquel breve encuentro cuando por primera vez surgió. Era verano, y como cada verano volvía. No vivia aún así precisamente cerca pero sí lo suficiente para que no pareciera tanto comparado con el resto del año. Vino a verme una vez más y una vez más sentí ese alivio de verle, quizá un poco menos puro e inocente que la última vez pero, como mínimo, igual de intenso. Las cosas a nuestro alrededor había cambiado, pero nosotros permanecíamos siempre como la última vez que nos habíamos visto. Hasta entonces nuestra amistad había sido un incesante desfile de “No puede ser” en cada conversación y en cada idea que planteábamos. En su visita no iba a ser menos asíque siguiendo mi ejemplo y nombrando realista una acción que en evidencia era de lo más errónea y supérflua, decidió que era mejor tener carabina.

Esa vez, la estaca de la despedida se clavó más profunda que nunca. Se había ido, pero aún había remedio. Me pasé un día entero dudando e intentando decidir. Al final de la tarde no pude más y no quise repetir la historia como tantas otras veces nos había ya pasado, así que descolgué el teléfono, marqué su número y le pedí que volviese. Noté al princpio un silencio de preocupación que no tardó nada en convertirse en lo que me pareció una sonrisa de alivio. Tiempo después me confesabas que te habías sentido como un estúpido al haber decidido tomar mano el primer día de alguien que sirviera de excusa para el “no”.

Las ganas de vernos fueron ese segundo día explosivas. En cada mirada nos tomábamos sin remedio pero nos esquivábamos al límite. Al final de la tarde nos sentamos a tomar algo y entre conversaciones vanales y risas estrepitosas dejamos de esquivarnos un momento, un momento largo e intenso en el que con un pretexto infantil el tiempo alcanzó a detenerse allí mismo, en aquel bar. Estuvimos tan cerca que pude notar el roce de su piel en mi cara, su respiración tibia y acompasada y sus ojos ya borrosos frente a los míos. Dejé de respirar, abrí los ojos de par en par justo antes de dejarme vencer y cerrarlos despacio, cuando me dí cuenta que ya no podía ir más hacia atrás, no podía atravesar la pared que estaba contra mi espalda, no podía evitarlo. No recuerdo cuanto tiempo estuvimos así, a una micra de calmar el deseo más desenfrenado, la tensión podía casi tocarse con la yema de los dedos pero recuerdo perfectamente la milésima en que el tiempo volvio a correr y el ruido de la gente llegó a mí de nuevo; la milésima en que volviste a la realidad y te apartaste justo a tiempo de transguedir las normas.

Tomaste aire, miraste un momento al vacío, luego me miraste a mí y te reíste.

-¿Qué?-dijiste divertido.

Es algo que siempre me ha gustado de tí, saber sacarle siempre hierro al asunto.

Fue entonces la primera vez que ví claramente el muro de contención que habíamos estado construyendo.

El muro…

(siguiente - 3 - )

Febrero 19, 2008

- 1 -

Archivado en: Pensamientos, Relatos, amor, barcelona — avuiperahir @ 11:45 pm
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Las 6 de la tarde. Desde los sillones del Starbucks pude oír el sonido del reloj en lo alto del edificio del BBVA indicándome la hora. Es curioso como, a pesar del ajetreo y la costumbre, siempre oía aquel reloj marcando cada hora, igual que me pasaba en casa.

Mirabas por la ventana. No sé qué llamaba tu atención ya que desde siempre habías dicho que lo tuyo no era fijarte en la gente que pasaba. Quizá sólo miraras al vacío, o puede que te llamara la atención aquella lluvia plomiza que me recordaba a algún invierno pasado, lejano en tiempo y distancia.

Extendí mi mano hasta tocarte. Había pasado mucho tiempo y aún seguías sintiéndote soReloj BBVArprendido cuando rozaba tus dedos en un momento que podía pillarte distraído. Una sonrisa. Cogiste mis manos templadas entre las tuyas y dijiste: “¿Qué?¿Qué facemos?”. La camarera, que pasaba en ese instante por detrás de ti levantó un instante la mirada. Y yo sonreí ante la pregunta.

- Creo que me voy a pedir otro. Aún es pronto. ¡Y hace frío! – dije levantándome despacio y aún con las manos enlazadas. Me siguiste con la mirada y te besé en la frente antes de ir a por otro café americano. Tanto tiempo allí y aún no había cambiado mis costumbres.

Me apoyé contra el mostrador esperando a que los camareros se desocuparan; me giré para mirarte. Estabas donde te había dejado, sentado en un sillón de piel amarillo, cómodo, tranquilo, mirando por la ventana. Fuera llovía, el día estaba gris, hacía frío y la humedad calaba hasta los huesos. Hacía mucho tiempo que no teníamos un día como aquel, tan atípico de la ciudad en la que estábamos y tan típico del lugar de donde yo provenía. Estabas tan tranquilo que me dieron ganas de ir corriendo a besarte una y otra vez, como la primera vez y al tiempo como cada una que lo hacía.

La primera vez…

(siguiente - 2 - )

Febrero 3, 2008

Quina Gràcia!

Archivado en: Pensamientos, Relatos — avuiperahir @ 5:43 pm
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Se despertó despacio, como resucitando después de un largo coma. Era una de las cosas que más le gustaban de los días que no había que madrugar: el momento de despertarse. Esos segundos suaves y dulces en los que no eres consciente aún de la realidad y solo sientes un enorme placer por estar calentito y cómodo bajo tus mantas.

No abrió los ojos, se quedó bajo las mantas quietecita un momentito más, saboreando esos dulces segundos. Escuchó atentamente. Llovía. Llovía a cántaros. El agua chocaba violentamente contra la fachada del edificio, contra la calle, contra los coches, como una cortina de tul que hacía traslúcida toda la ciudad. El viento arremetía frenético contra la ventana intentando tirarla abajo. Se iluminó la habitación en un instante. Acto seguido se oyó el punzante silencio que siempre precede a un enorme ruido. Las ventanas temblaron y el sonido inundó la casa durante dos o tres segundos. A ella, los truenos, siempre le parecían como una manada de animales que vienen a galope contra ella, de pronto, y con ese ruido que más que oirlo, te golpea. Sin embargo era más que feliz, guarecida bajo su edredón de colores.

Se giró para ponerse de lado y abrió los ojos. Sintió dulcemente las sábanas acariciándola. Estaba desnuda. Siempre que salía por la noche, al llegar a casa le encantaba irse directa al baño, soltarse el pelo, cepillarlo con paciencia, lavarse bien la cara, sacarse enseguida las lentillas, desvestirse por completo e, incluso, si no era demasiado tarde, darse una ducha caliente. Le gustaba quedarse limpia e impoluta para compensar el inmenso cansacio y dolores varios que traía de estar de fiesta. Quedarse como al natural después de tanto afeite. Y así mismo se metía en cama porque la comodidad se multiplicaba por diez cuando las mantas la abrazaban sin pijama de por medio. Desde siempre, hace ya demasiado, una de sus sensaciones favoritas era la de las sábanas acariciando su piel desnuda.

Ni tan siquiera miró el reloj. Se quedó allí disfrutando de su momento, sin pensar en nada, oyendo la tormenta. Quizá tan solo echaba en falta alguna tierna compañía que la viera mientras dormía y que escuchara en silencio la tormenta justo a su lado. Le hubiera gustado sentir una mano suave acariciando los surcos de su espalda, despacito, mientras ambos dormitaban y se deleitaban en la comodidad de la cama. Alguien que le pasara el brazo por encima para entrelazar su mano y que jugara con su dedo índice.

No sabe cuanto tiempo estuvo así. Tampoco le importaba. El domingo siguiente lo volvería a hacer. Como cada domingo.

Y es que son las cosas como esta las que le hacen darse cuenta de que la gracia de la vida está en cultivar con cuidado los pequeños placeres.

Enero 26, 2008

Cantos de sirena

Archivado en: Pensamientos, Relatos — avuiperahir @ 10:02 pm
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Se quedó de pronto la pantalla en negro.

El silencio inundó cada centímetro de la estancia. Había ya anochecido y no había nadie más que ella en la casa.

Sin saber bien por qué, se quedó allí sentada, delante del ordenador que acababa de apagarse como si le faltara la fuerza para seguir encendido. Completamente arropada por la oscuridad, con las piernas firmemente cruzadas y esperando escuchar algo de un momento a otro, lo que fuera, cualquier cosa que le indicara que en ese mismísimo momento había alguien pensando en ella o, simplemente, decidiéndose a reclamar su atención.

Fue un momento eterno, de vacío absoluto, ganas de nada y ganas de cualquier cosa que no fuera estar en aquella habitación, sola, apática y casi podría asegurar que muerta.

El viento movió las macetas y una se tumbó esparciendo por el suelo del balcón parte de su contenido. El silencio era tan intenso y punzante que casi le pareció oír los pétalos de sus tulipanes golpeando agónicos contra el suelo. Pero ni un sólo sobresalto, ni una expresión, ni tan siquiera un latido más rápido que otro; allí siguió, mirando al vacío como si hubiera perdido la vista en un momento y sin atreverse a moverse ni un ápice en su silla de oficina.

Cualquier cosa carecía de sentido en aquel momento. Ante el vacío no hay opinión. Quizá tan solo locura. Siguió esperando, esperando que alguien la sacara rápido de aquel universo de vacío en el que se había metido. Ni tan siquiera era capaz de recordar el por qué de ese momento, de ese estado de apatía; quizá es que ni tan siquiera podía esforzarse en recordarlo. En un segundo su mente era un bucle a la perdición.

Comenzó a parecerle imposible mantener los ojos abiertos e incluso respirar. Semejaba un aparato que se iba apagando despacio, al que las pilas le iban fallando poco a poco, como un cassette que va quedándose enganchado en la pletina.

Seguía sola, semidesnuda, apoyada con desgana contra el respaldo se su silla, con su cabello lamiendo dulcemente sus brazos, sus hombros y su pecho. A penas se colaba un rallo de luz de luna que iluminaba de forma tenue la escena. Pronto hasta la cabeza comenzó a pesarle.

Un sonido estridente rompió el momento. Una luz. Parpadeaba. El sonido seguía armonioso acuchillando el silencio que la envolvía. Despacio giró los ojos, húmedos, enrojecidos, y vio la fuente perturbadora. Agarró el aparato despacio y se lo acercó a la cara como si pesara toneladas. Descolgó y una voz sonó al otro lado.

- ¡Hola!

Dio un silencio por respuesta.

-¿Estás bien?

Abrió la boca para contestar y tan sólo salió el leve sonido que produce un llanto agónico, como de ahogo, casi inaudible.

-¡Esperame! Voy para ahí.

Dejó caer el aparato y se dejó ir.

Todos y cada uno de nosotros pasamos la vida preguntándonos quién será la persona que realice la llamada. Quién será la persona que sepa en el momento exacto en la situación precisa decirnos: “Voy para ahí”.

Hoy, soy ella.

Enero 12, 2008

Again & again…

Archivado en: Relatos, amor, música — avuiperahir @ 7:11 pm
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Me desperté lo que me pareció cada pocos minutos. Cientos de veces. Me despertaba de un sobresalto.

“Tranquila, sigue ahí”

Y me volvía a dormir. Tenía frío, tenía calor. Tenía nervios. Continuamente ponía mi antena sonora para captar si el despertador estaba al acecho.

“No suenes, por favor”.

Y otra vuelta. Otra vuelta más. Me dormía, me despertaba. Me sobraba la ropa, me faltaba. Y todo el tiempo despertándome pensando que ya no estabas ahí, pero sí, ahí seguías. Me apetecía despertarte y decirte que no podía dormir pensando en que el despertador iba a sonar. Quería decirte que no tenía ganas de levantarme, que tenía ganas de dormir mil horas, y en cambio no era capaz ni de dormir cuatro. Pero mejor te dejé ahí, tranquilo, durmiendo todo el tiempo. Me limité a observarte. Pero me volvía a quedar dormida. Y en cada movimiento, te despertabas para ver si estaba bien, si estaba durmiendo, si estaba fría, sí estaba cómoda. Y yo, a veces me hacía la dormida y otras simplemente no estaba lo suficientemente despierta como para finjir, ni lo suficientemente dormida como para no darme cuenta de que me abrazabas asegurándote de que no me había ido de donde estaba.

Un beso, dos, tres. Y te volvías a quedar dormido.

Ya no sé qué hora era ni cuantas vueltas había dado cuando tampoco tú querías dormir.

Sólo sé que finalmente le despertador sonó, lo apagaste y seguiste abrazándome.

Sh… Escucha… De vez en cuando la vida, Joan Manuel Serrat.

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