(viene de -4-)
Sin darme cuenta las paradas se iban sucediendo unas a otras. Con el tiempo había aprendido a dejar de oír la repetitiva musiquilla que precedía al anuncio de las paradas. En ese momento nos mirábamos y jugábamos a leernos el pensamiento en medio de aquella masa de gente que ni tan siquiera reparaba en nuestra presencia.
No volví a preguntarte por nuestro destino, sabía que sería inutil: cuando te propones algo no hay quien te lo haga quitar de la cabeza.
Tu reloj marcaba las siete y cuarto de la tarde por lo que supuse que habría ya anochecido por encima de nuestras cabezas sin que pudiéramos disfrutarlo.
Entonces sí empecé a fijarme en la gente; cada vez entraban más apurados y pude observar que más mojados: había comenzado a llover con fuerza allí arriba. Sonreí. No llevaba paraguas y entonces podría llevarte a hacer algo que me encantaba y que un día me comentaste que nunca habías hecho. La verdad es que hasta aquel momento no habíamos tenido oportunidad pero aquella se presentaba perfecta.
El vagón comenzó a vaciarse y nosotros seguíamos sin apearnos. La gente iba y venía y cuanto más cerca estábamos de Canyelles menos gente se subía. Recordaba aquella sensación, la sentía como lejana en algún rincón apartado y frío de mi mente. Recordaba mirar la hilera de vagones vacíos y el silencio que poco a poco iba inundando el metro que se vaciaba de conversaciones, música y ajetreos. A pesar del vacío, casi me parecía notar que cada vez me estrechabas más entre tus brazos, como si quisieras hacerme ver que no iba a poder escaparme. Era una sensación agradable.
Hundí mi cara en tu abrigo un rato. Me gustaba hacerlo, tenerte cerca e inspirar fuerte para sentir tu aroma, tu olor característico con tu perfume de siempre. Desprendías una calidez que me gustaba pensar que tan solo yo podía sentir. Acariciaste mi pelo despacio y me susurraste lo mucho que te gustaba. Sonreí y cuando levanté la cabeza dispuesta a besarte, encontré tu cara sonriente con los ojos bien abiertos.
-¡Vamos!- dijiste con efusividad mientras me cogías de la mano para llevarme de nuevo en tu misteriosa aventura.
El metro se detuvo y se abrieron las puertas. Delante de mí podía ver la pared del fondo que correspondía a las vías del metro que circulaba en el sentido opuesto. En el medio de ambas vías, se extendía un pasillo central con el suelo en gris y negro, muy pulcro y muy escueto que acentuaba la sensación de vacío y soledad que transmitía la estación. En el medio, unos cubos rectangulares se elevaban sobre el suelo a modo de asiento. Tenían aspecto de ser tan fríos como la estancia en la que estaban. Las bandas retroiluminadas que indicaban la estación y la linea en la que nos encontrábamos dabam un tono de calidez que cortaba lo lúgubre de la estancia. Aquel inusual silencio en una estación de metro de Barcelona se me antojaba un tanto escalofriante al tiempo que singular, especial y, en ese momento, íntima. Los recuerdos volvieron a inundarme suavemente la mente, como una neblina espesa que lo cubre todo.
Andamos, esta vez despacio, hacia la izquierda. Al final del pasillo central estaban las escaleras que conducían a una especie de descansillo en el cual estaban las máquinas dispensadoras de tickets. Aquel descansillo servía a su vez de conexión entre los dos lados de la ronda que pasaba justo por encima para facilitar el paso a los biandantes. Nosotros tomamos la salida de la izquierda.
Justo antes de salir te detuviste en seco. Una pendiente ascendía hasta llegar al nivel de la calle. Ahí fuera llovía a cantos. La lluvia descargaba con toda intensidad ante nosotros. Dudaste y sé que por tu mente pasó la idea de quedarnos allí a esperar. Posé mi mano sobre tu hombro y suavemente te giré hasta apoyarte contra la pared. Entonces dejé caer despacio mi cuerpo hasta que estuvo descansando sobre el tuyo y te miré a los ojos como me gustaba hacer siempre que iba a hablar contigo.
-¿Es aquí donde has planeado la escapada?- pregunté graciosa.
-Sí, aquí mismo, ¿qué te parece el sitio? ¿Es del agrado de la señorita?
El distrito de Horta-Guinardó fue siempre un distrito a parte para nosotros. Nada nos llevaba allí nunca: tu trabajo transcurría casi siempre en la periferia, el mío en la parte más al norte de Sarrià-St. Bajábamos a tomar una cerveza por el Port Olimpic y nos quedábamos recordando tiempos igual de buenos que entonces aunque quizá más difíciles, y pasábamos días enteros viajando por la provincia y paseando, aunque a regañadientes por tu parte, por Ciutat Vella. Pero Horta-Guinardó era un sitio distinto, era un paréntesis lejos de la rutina. No habíamos vuelto a recorrerlo juntos desde hacía años, lo cual resultaba bastante curioso viviendo dentro de la misma ciudad. Nunca hubiera imaginado terminar una tarde como aquella en un sitio como ese pero, por no variar, siempre has sabido cómo sorprenderme para bien.
Mirabas hacia el cielo, como solías hacer siempre que llovía, como pidiendo que parase o preguntando que por qué tenía que suceder justo en ese momento. Entonces fui yo la que te cogió de la mano y te llevó hacia el exterior casi corriendo.
-¿Qué haces?- preguntaste mientras oponías levemente resistencia.
-¡Venga, vamos!
-¡Pero nos empaparemos!
-De eso se trata- dije sonriendo.
Me encantaba estar bajo la lluvia y hacía muchísimo que no lo hacía. Sentir las gotas golpeando aleatoriamente contra tí, sin más, por inercia. Sentirlas resbalando por tu cara, recorriendo cada pliegue y cada curva. Hacía ya demasiado, cuando todo era más emocionante pero menos fácil, me dijiste que nunca te habías puesto bajo la lluvia dejando que te mojara, como si no tuvieras nada que perder y que tampoco te habían besado nunca de esa guisa, evidentemente.
Te dí un tirón aprovechando que te tenía cogido de la mano y enseguida te atraje hacia mí. Me mirabas extrañado y te disponías abrir la boca para decir algo cuando, imitando tu reacción del metro, te hice callar.
Las calles estaban vacías. Aquel era uno de los barrios más tranquilos y protegidos de la ciudad. A pesar de que la Ronda de Dalt transcurría apenas a 20 metros de nosotros, la serenidad reinaba en aquellas calles, como si los edificios que hacían de frontera entre la ronda y el barrio dejaran el ruido y el estress al otro lado.
Estuvimos varios minutos allí, así, besándonos como nunca habíamos dejado de hacer, como si fuera la primera vez y la última al mismo tiempo. No pasaba nadie en ese momento por la calle por lo que se antojó un ntimo en un sitio singular para ello. La lluvia ya había empapado nuestro pelo y nuestros abrigos cuando lentamente separaste tu rostro del mío.
-¿Vamos?
-¿A dónde?- pregunté traviesa. En realidad lo sabía perfectamente Hacía años que no íbamos, sí, y también mucho tiempo que puede que no pensara en ello, pero sabía perfectamente lo que hacíamos precisamente a la entrada de aquella parada de metro de la línea 3.
Miré un momento a mi alrededor, pero no observando lo que me rodeaba sino retomando imágenes que ya estaban plasmadas en mi mente y comparándolas con lo que tenía delante. Echamos a andar y me agarraste fuerte de la mano: una pequeña emoción explotaba dentro de tí, estaba segura. En el fondo siempre has sido un romántico incorregible.
En el fondo…