(viene de -5-)
En el fondo ambos sabíamos que aquello acabaría algún día. Desde el momento en que decidí intentar olvidarlo con otro y no lo conseguí, cada uno por su lado entendimos que siempre íbamos a estar ahí. El tiempo transcurría ligero, días y meses volaban y en vez de alejarnos por la distancia y las circunstancias, al margen del resto del mundo, seguíamos creciendo hacia todos lados. Absorvíamos todos los momentos posibles, las vivencias, las alegrías, las tristezas y cada noche se deshacía como el humo de una mecha recién apagada: siempre esperando volver a encenderse con el nuevo día.
Pero esto nunca me preocupó. La vida continuó y su existencia se hizo para mí tan imprescindible como predecible, y me entretenía en mi eterna ingenuidad convenciéndome a mí misma de que aquello no era más que un dulce que se me antojaba apetecible por el simple hecho de no poder probarlo. Lo oculto y desapercibido de nuestro mundo comenzó entonces a ser una ventaja ante esta situación.
Las sutiles muestras de cariño, las sonrisas, los guiños, las palabras antes de dormir… Poco a poco pasaron a acentuarse, a hacerse incluso atrevias y descaradas. Habíamos comenzado una partida de agilidad y pasión para movernos sin ser vistos y a penas sin ser conscientes de cual sería el final.
Pero todo tenía límites que no debíamos pasar y que de hecho jamás pasábamos. Acabamos formando una burbuja de aire fresco en la que nos sumerjíamos cada vez que sonaba el teléfono y que se cerraba cuando volvíamos a nuestras respectivas vidas en el interior. Tan espontáneo como inusual. Hasta que lo que nunca pensamos que llegaría, llegó y los límites que nos parecían descabellados y de lo más lejanos, poco a poco se aproximaron y se hicieron visibles, tanto que podían llegar a quemarnos las yemas de los dedos. Fue entonces cuando comenzamos a poner un biombo entre nosotros con los continuos “No puede ser”. Como un yo-yo nos acercábamos y alejábamos al llegar al punto de decir esto. Comenzaron las tiranteces.
Fue entonces cuando me dí cuenta de que era una locura, de que había pasado dos años equivocada y que aquel no era un dulce cualquiera que tienta a ser comido. Aquel dulce era mucho más.
Mucho más…
