Lo justo y necesario

Agosto 5, 2009

Un vestido rojo y una carta de amor

Hacía tiempo que mucha gente me insistía para ver esta película. Decían que yo, más que nadie, debería verla y luego transmitir mi juicio. Cuando preguntaba de qué trataba o qué podían contarme de ella, tan sólo me respondían con un breve silencio y acontinuación un: “Tú mírala y luego me dices”. Y bien, ya he entendido por qué.
Yo he vivido durante un año en una de esas “casas” como la que vive la hermana de la protagonista. No por afinidad o por vocación, sino de forma externa como parte de un programa de compaginación del estudio y el trabajo. Es decir, yo era el puntito laico dentro de un mundo profundamente religioso.
Pero tuve la suerte (o quizá no tanta, aún no lo tengo muy claro) de que la tolerancia que les presenté me permitió ser aceptada el año entero, unas veces mejor y otras peor.
Se me encoge el corazón al ver esta película. Porque ahí está, ahí está todo lo que yo ví. Quizá falta ese punto que tiene una persona que realmente lo ha vivido. Es un enfoque de alguien que ha estudiado concienzudamente y de una forma relativamente objetiva, para qué negarlo, y que luego lo ha plasmado. Pero sí que se nota la diferencia.
Vivir con ellos es otra cosa. Es ver a todas esas mujeres todos los días. A todas horas del día. En sus decisiones y en los sucesos de todos los días. Bajo sus estrictas normas. Y con más (o menos) suerte, a mí me ha tocado vivir muchos sucesos que muchas otras no pasaron. He sido testigo del qué, cómo y por qué de muchas cosas. De familias enteras, de numerarias, supernumerarias, de capellanes (o monsens, como allí les llamaban)… Montones de personas, casi diría cientos, guiadas por un mismo fin.
Lo hondo de esta película es ver ese reflejo, el reflejo de gente que de verdad cree lo que dicen, madres que realmente piensan que es un regalo que uno de sus hijos la abandone o que una de sus hijas vaya a cumplir una misión que la aparta de su familia. Y esa hija que realmente cree que su familia no lo es ya, que son terrenales y que todo lo suyo ahora está allí con todas esas mujeres.
No es maldad, no es malicia. Realmente es algo que creen, a lo que se aferra. Y realmente, tal y como se ve actuar a la madre de Camino, esto surje de una fe que llega del desconocimiento de otra cosa. Una fe que no nace y florece de dentro, sino que es introducida desde fuera, a base de prohibiciones y de alejar a la criatura de lo “no apto”.
La metáfora de las puertas del quirófano fue para mí sublime.
Los detalles de la película la hacen, de verdad. Pero también es una película para ver tras un estudio o una vivencia al respecto. Diría que si viera esta película antes de pasar este año en esa casa, no la entendería en absoluto o me sería más o menos indiferente. Pensaría “Qué fuerte lo que hace esa gente” y me espantaría.
Aunque ahora no me parece menos fuerte. He visto chicas que son privadas de cosas que ni ellas se imaginan. Escuchar tras una puerta y oir algo que luego es tergiversado para que la numeraria implicada no tenga sentimientos de rabia o sublevación. Que te convenzan de que algo terrible es lo mejor.
Lo respeto porque hay gente que realmente cree en ello, que da su vida. Pero me parece una crítica excelente (así lo veo) para aquellos otros que son conscientes de la situación, que prohiben y “llevan al rebaño” pero sabiendo lo que hacen, sabiendo por qué y para qué. Buscando beneficio. Con fe quizá, pero con esa malicia del que barre para lo suyo sin importar lo que los demás dejen o a lo que renuncien. Todo por la causa, como suelen decir.
Podría pasarme horas diciendo por qué esta película es de lo más acertada. También puedo decir que los sueños de la niña, bueno, es un toque de subjetividad un poco grande. El angel guardian… Bueno, un poco exagerado tal vez. Creo que la visión perfecta es la de la hermana, que está ahí y se va dando cuenta de las cosas.
Lo es porque yo he visto a una de ellas en esa flaqueza y a veces tienes ganas de gritarle que no lo está haciendo bien, que se pierde muchas cosas.  Pero… ¿quién tiene autoridad para decir qué está bien?
Nadie tiene tanto poder. Así que, yo creo que que juzgar creencias en este caso está de más. Y sin hacerlo si puedo decir que esa es, más o menos y quitando detalles escabrosos, gran parte de la verdad.
Pero recalco, detrás de muchas de estas personas cegadas por una única visión llamada Opus Dei, hay también grandes personas que elijieron un camino que se les marcó y no responden a este perfil de mezquindad.
También es un punto que creo que le falta a la película. El mensaje es un poco brusco, pero es el que es.
De ahí mi 10. Cuando entras en un mundo como este, que alguien venga y te diga que no eres el único que piensa que es de locos, ayuda bastante, porque a veces parece una jaula de grillos.

En fin. Esta es la crítica que he presentado en un foro sobre la película. Podría decir en realidad mil cosas más. No sé. Pero eso lo dejaré para un día en el que tenga más ganas de darle a la cabeza, porque realmente es un tema largo, casi tésico, con mucho que decir y mucho que contrastar; en el que además debes cuidar lo que dices y cómo lo dices. Al menos en mi caso, en el que realmente tengo aprecio por alguna de estas personas, aunque me parta el alma ver como muchas veces deben agachar la cabeza por su causa, de una forma dura y, creo yo, injusta.

Pero como una de ellas me dice siempre, es lo que ellas han elegido, aunque a mí me cueste creerlo. Yo siempre respondo: “Está bien todo aquello que sea elegido realmente por voluntad propia y con convencimiento”.

Bueno, en fin, no sé. No estoy muy fina pero ahí queda eso. La verdad es que la película no me dejó indiferente. Estoy un poco en shock de hecho… Que la veais, vamos.

Pd. ¿Y esa Banda Sonora?

Camino, la película

Marzo 1, 2009

- 6 -

Archivado en: Relatos — avuiperahir @ 8:29 pm
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(viene de -5-)
En el fondo ambos sabíamos que aquello acabaría algún día. Desde el momento en que decidí intentar olvidarlo con otro y no lo conseguí, cada uno por su lado entendimos que siempre íbamos a estar ahí. El tiempo transcurría ligero, días y meses volaban y en vez de alejarnos por la distancia y las circunstancias, al margen del resto del mundo, seguíamos creciendo hacia todos lados. Absorvíamos todos los momentos posibles, las vivencias, las alegrías, las tristezas y cada noche se deshacía como el humo de una mecha recién apagada: siempre esperando volver a encenderse con el nuevo día.

Pero esto nunca me preocupó. La vida continuó y su existencia se hizo para mí tan imprescindible como predecible, y me entretenía en mi eterna ingenuidad convenciéndome a mí misma de que aquello no era más que un dulce que se me antojaba apetecible por el simple hecho de no poder probarlo. Lo oculto y desapercibido de nuestro mundo comenzó entonces a ser una ventaja ante esta situación.

Las sutiles muestras de cariño, las sonrisas, los guiños, las palabras antes de dormir… Poco a poco pasaron a acentuarse, a hacerse incluso atrevias y descaradas. Habíamos comenzado una partida de agilidad y pasión para movernos sin ser vistos y a penas sin ser conscientes de cual sería el final.

Pero todo tenía límites que no debíamos pasar y que de hecho jamás pasábamos. Acabamos formando una burbuja de aire fresco en la que nos sumerjíamos cada vez que sonaba el teléfono y que se cerraba cuando volvíamos a nuestras respectivas vidas en el interior. Tan espontáneo como inusual. Hasta que lo que nunca pensamos que llegaría, llegó y los límites que nos parecían descabellados y de lo más lejanos, poco a poco se aproximaron y se hicieron visibles, tanto que podían llegar a quemarnos las yemas de los dedos. Fue entonces cuando comenzamos a poner un biombo entre nosotros con los continuos “No puede ser”. Como un yo-yo nos acercábamos y alejábamos al llegar al punto de decir esto. Comenzaron las tiranteces.

Fue entonces cuando me dí cuenta de que era una locura, de que había pasado dos años equivocada y que aquel no era un dulce cualquiera que tienta a ser comido. Aquel dulce era mucho más.

Mucho más…

Julio 15, 2008

A veces

A veces acaba cansando eso de conseguir que los demás sean felices y quedarte tú siempre sin nada más que un poco de arena en los bolsillos. A veces uno también espera ser feliz, también espera que le organicen fiestas sorpresa, viajes de ensueño, que le regalen un puñado de caramelos o que piensen en uno antes que en otra persona para una noticia o un plan divertido. A veces yo quiero ser “la otra persona”.

A veces, sólo a veces, también me apetece ser feliz, ¿saben?

Y es que no tengo yo la culpa que la única persona que siempre me hace sentir “la otra persona” sea la única que no pueda estar conmigo. Y eso me pone furiosa a la par que triste.

A Byta que me enseñó los videos y con eso me hizo darme cuenta del por qué de esta rabia.

Julio 7, 2008

Fuzz, Facto Delafé y Las Flores Azules

De gente, de ayer, recetas, ingredientes, de lluvia otoñal, de trenes, serpientes, niños, de fotos, de acción por reacción, de celos, de Dios, de él alrededor, de amor, de miedo, de transición, de letargo, de ayer, de hoy, de resultados, de calma, de eventos, de entretener, subir tu moral…

De sueños, creer.

De fruta, pasión.

Del tinto, verano.

De pronto, en la playa.

De un Drácula, helado.

De cambios.

De abrazos.

De nuevo en tus brazos.

Del yo inspirado.

De triples y pasos.

De sangre, sudor.

De expectación.

De subidón.

Del cansancio.

De marrones como camiones.

Del camión, bigotes, aplasta-cojones.

Entrando en tu casa.

De pronto, de frente.

De bajón, separación.

De muy mal, Carmen.

De arañas, resacas.

De amigos y puertas.

Del centro.

De eventos.

De mí.

De nuevo creando.

Del pecho en un puño.

De ti y de mí andando, de ti y de mí andando.

De pedales de guitarra.

De músicos geniales.

De electricidad.

De arena, de cal.

De lo que soy.

De lo que esto va.

De la ciudad.

De lo que es, de lo que hay.

De los últimos días, de los buenos días.

De las grandes noches de septiembre, de enero y abril.

De lo mejor de la cosecha del 2003, cuatro, seis…

De aceite de oliva en tu plato… Así de simple…

Diez mil… Ángeles brillando por avenidas.

Mil… Sucesos diarios en oficinas.

Dos mil… Luchas por salud mental en hospitales.

Tres mil… Tarados mentales profesionales.

K.O. por actos.

Disturbio.

Diluvio de emociones en ti.

Mi flor de mal.

Tú para mí, así no, así, tú para mí, mucho.

Tú para mí, no, así no, así, tú para mí, mucho, sí.

Conozco mi capacidad y mi caducidad, mi calidad humana mejorará.

Conoce tu capacidad y tu caducidad…

Con el tiempo los niños crían niños, crecen las orejas, caen gobiernos.

Con el tiempo los niños crían niños, crecen las narices…

Aquí yo tomo forma.

Todos forman, todos, todas, con decisión.

Aquí cambia el color por la pasión, por la razón humana.

Tu decisión hoy.

Suena un bajo vientre subiendo al cerebro.

Yo, la razón.

Sensible organismo el tuyo.

La desazón te hace sumiso, quieres combatir murmuros.

Ya sabes, si cabe alguna duda, hoy, sin favor quiero un beso tuyo.

Mi manantial en esta ciudad es un movimiento circular:

De Seco a Pueblo Nuevo. Subiendo hasta Horta. Tapita en La Esquinita. Parada en Maragall. Después recto hasta Gràcia. Bajando a Plaza España. Y por el Paralelo…

Directo a mi cama.

Recuerdo lo de ayer, recuerdo el movimiento, recuerdo el por qué, recuerdo estar adentro y empujando, recuerdo estar mojado, recuerdo estar nadando dentro de ti…

Recuerdo lo de ayer, recuerdo el movimiento, recuerdo el por qué, recuerdo estar adentro y empujando, recuerdo estar mojado, recuerdo estar nadando dentro de ti.

Diez mil ángeles brillan en la sala de espera, cantan al oído, rompen las cadenas. Quieren escapar, saltar por todas partes. Crecer, dentro de ti.

Tú vales mucho,

para mí, sangre de mi sangre,

para mí, sol del sol naciente,

para mí, haces que me sienta valiente …

[Visita el MySpace de Facto Delafe y las Flores Azules]

Junio 26, 2008

- 4 -

Archivado en: Fotos, Relatos — avuiperahir @ 12:09 am
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(viene de - 3 -)

El resto del mundo no sabía nada de nosotros; me constaba que a penas unos pocos eran conscientes, según más adelante me comentaron, de que había buen rollo entre nosotros y de que nos llevábamos bien, sin más. Desde el principio parece que fuimos dos sujetos que no casábamos para nada, siempre a ojos de los demás. Lejanos en el espacio y en el tiempo, todos dieron por hecho que no éramos más que puntos casuales en medio de una maraña de líos, que la superficialidad de nuestra amistad era equiparable a cualquiera de las otras amistades del entorno y llamaba exageradamente poco la atención.

Nunca tuve claro por qué pero sí es cierto que el mundo nos olvidó antes de llegar a reconocernos siquiera. Y curiosamente, a medida que se acentuaba nuestro lazo, menos y menos nos relacionaba la gente el uno con el otro sin que nosotros hubieramos pretendido ocultar algo, aunque por aquel entonces no hubiera nada que lo requiriera.

La edad no importa, Ana PiédrolaY la verdad, es que pensado fríamente, tenían razón. Nuestras vidas, sino opuestas, eran lo más distito que uno se podía imaginar. Nos separaban una buena cantidad de años, una buena cantidad de kilómetros, una buena cantidad de vivencias, de pensamientos, de opiniones, de compañías y de gustos. Curiosamente, lo que más nos unía eran nuestras familias que, con el tiempo, llegaron a parecerme prácticamente una el reflejo de la otra, aún habiendo un gran abismo de edades entre ellas. Curiosamente también, a pesar de esto, sería siempre la parte de nuestra vida que siempre mantendríamos alejada del otro, quizá precisamente por lo parecidas que se nos habían antojado.

Su vida era frenética y enérgica. Siempre honrada pero emocionante. Desde antes de que yo aprendiera siquiera a multiplicar, él ya estaba aficionado a la fiesta, a la noche, a las risas, a dormir poco y vivir mucho. Y curiosamente, esto último, de fiesta o no, era algo que jamás olvidaba. Viajes, escapadas, experiencias inolvidables, unas mejores, otras peores. Retos, juegos, aventuras… Su vida era un torbellino, igual que él ha sido siempre, y con el tiempo aprendería que una de las cosas que más me gustaban de él era precisamente escuchar todos estos episodios de los que yo no pudiera quizá ni imaginar la repercusión que habrían hecho en él.

En cambio yo, llevaba una vida más o menos tranquila, típica y organizada. La mayor parte del tiempo sabía qué me iba a pasar, a veces a ciencia cierta y otras muchas por esa curiosa tendencia a preveer las cosas de mi alrededor que poseía. Mi caracter agridulce le dejó siempre claro que era una persona que aspiraba a mucho más de lo que tenía, que podría hacer grandes cosas y que tenía para en señar diez veces más de lo que mi vida me había permitido demostrar.

Quizá eso le llamara la atención en mí. O puede que la espontaneidad de mis palabras, la sinceridad de mis actos, la intensa preocupación, la paciencia, las horas de charlas o simplemente alguna chispa incomprensible. Le llamé la atención y siempre ha sido de ese tipo de personas que sabe lo que quiere y que va a por ello de una forma sutil y certera. Pienso muchas veces que conmigo no fue distinto, que en medio de aquella multitud que le abordaba me vio y decidio que yo era diferente a lo que estaba acostumbrado y, desde luego, eso era todo un logro en su vida.

Como siempre hacía, de forma sutil fuimos tejiendo una delicada red que se haría más y más grande y, para nuestra desgracia, más y más complicada a cada paso. Fue persistente, paciente y compresivo. Fue todo lo que nadie más que él o yo hubiéramos sido.

Pero ni tan siquiera cuando la edad o los km eran el menor de nuestros impedimentos, dejamos ni un solo día de mimar y conservar el que se había convertido en nuestro exclusivo y resguardado mundo. Me enseñó a conservar lo que más quería, a ser paciente y constante, a ser natural y segura de mí misma, pero sobre todo, muy poco a poco, me enseñó a amarlo suave pero intensamente, de forma fluída pero pausada, igual que emana la sangre espesa de un cuerpo herido. Y eso sí, sin ser consciente de ello, al menos no en principio.

Sin darme cuenta...

(sigue en -5-)

Junio 25, 2008

- 3 -

Archivado en: Relatos, amor — avuiperahir @ 1:15 am
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( viene de - 2 - )

El muro de cristal que nos separaba de la calle empezó a temblar con la fuerza del viento y la lluvia: se avecinaba una buena tormenta. Yo miraba distraída hacia fuera, miraba cómo la gente corría de un lado para otro, metiéndose en el metro lo antes posible para evitar la que se les venía encima. Todavía llovía suavemente pero pronto se desataría una de esas trombas de agua que tanto echaba yo de menos desde que vivía allí.

-Si no nos vamos ahora tendremos que quedarnos aquí hasta que pase la tormenta-, dijiste mientras jugabas con mis dedos-. ¿Qué te apetece hacer?

Apenas me quedé meditando un momento, entonces me levanté, di la vuelta a la mesa y me senté sobre tu regazo. Me sonreíste y pasaste las manos alrededor de mi cintura. Entonces recordé algo que me habías dicho ya hace tiempo, cuando todo era más difícil y cuando cada vez que nos veíamos era como una fiesta nacional para nosotros.

-¿Qué te parece si hoy no volvemos a casa?

-¿No volver a casa? ¿Y eso?

-Sí, ¿por qué no? Escapémonos un poco. Ahora podemos-, le dije guiñando un ojo. No hacía tanto que habíamos conseguido terminar con lo que parecía una eterna época en la que escaparnos juntos, además de imposible, era lo que deseábamos constantemente.

Plaça Catalunya

Me miraste con esa cara que pones cuando maquinas algo para complacerme, por el simple gusto de verme feliz. Pagamos los cafés, cogiste mi mano y me guiaste hasta la calle. Me besaste y volviste a cogerme para llevarme hasta la parada de metro de Plaça Catalunya. No dijiste nada en todo el trayecto, tan sólo me llevabas de la mano, casi corriendo, esquivando a la gente y apretándome fuerte. En medio de la multitud y de la carrera, acertabas a mirar hacia atrás, a mirarme y sonreír: algo tramabas.

El metro estaba abarrotado. Me llevaste hasta la línea 3 y en seguida subimos en uno de los vagones. Viajamos de pie apoyados en los asientos cuyos respaldos daban a las puertas de acceso.

-¿Dónde me llevas?

-¿No querías que nos escapáramos?-, dijiste con una sonrisa de medio lado.

-Sí, claro, ¡pero también me gustaría saber a dónde voy a escaparme!

Apenas hube dicho esto, pusiste tu dedo índice sobre mis labios y a continuación me besaste ante la aburrida mirada de los usuarios del metro. La mayor parte de la gente volvería a casa después de trabajar o después de sus compras. Me gustaba aquella sensación de complicidad que teníamos en medio de aquel bullicio, el saber que nadie se imaginaba si quiera qué podíamos tramar o lo distintas que podían ser nuestras vidas con respecto a las del resto de ocupantes. Siempre has sabido llevarme a un mundo distinto y a parte del resto.

El resto…

(sigue en - 4 -)

Abril 10, 2008

- 2 -

Archivado en: Fotos, Relatos, amor — avuiperahir @ 3:54 am
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( viene de - 1 - )

La primera vez que deseé besarle se marchitaban mis quince años. Al borde de los dieciseis estaba cuando empecé a darme cuenta de que había algo en él. Era distinto, era más y era mejor. Entonces no tenía claro por qué, ni cómo aprovecharlo; tenía miedo a lo desconocido.

Decidí entonces ser realista y él se bebió aquel mal trago como no vi a nadie hacerlo antes. Nunca vi su rostro cuando se enteró pero en mi mente lo tengo dibujado. Seguramente se calló, durante un segundo su expresión pareció vacía y sintió que caía por un abismo. Al instante siguiente seguiría hablando y riendo con normalidad y nadie se percataría de lo que acababa de pasar por su mente. Cuando el tema se hubiera desviado lo suficiente seguramente se callaría mientras los demás estaban entretenidos en cualquier conversación vanal y sería entonces cuando en su cabeza comenzarían a dar vueltas aquellas palabras: “su novio”.

Lo que entonces me pareció realista, con el tiempo se me antojó erróneo, supérfluo y propio de una comedia dramática.

Fue así como comenzamos y como nunca debió suceder. Hace algo más de un año más que ahora, me gustaba pensar que precisamente por ese intrincado comienzo tuvo nuestra existencia el desarrollo emocionante y hollywoodiense en el que acabaría envuelta.

La primera vez que pensamos en besarnos de forma recíproca y en el mismo segundo fue al año siguiente de el que fuera para él un gran y amargo trago. Había sido un año largo y extraño. Aquel seguía siendo mi novio. Yo seguía con mi vida de anuncio de detergente por un lado y, mi otra vida, la que decidí que no era realista, esperándome cada día, detrás de cada llamada, en cada correo electrónico, en cada mensaje.

Desde que me despedí de él tras aquella primera y trágica vez, se me encogió el corazón pensando que no volvería a verlo hasta el año siguiente. Pero el destino, aunque malicioso y manipulador, haría innumerables las veces que las oportunidades de vernos se multiplicaban. Una de cal y una de arena: por cada mala jugada nos regalaba una coincidencia que nos unía. Así un día mi familia y yo, hicimos las maletas, nos subimos al coche y nos tomamos nuestras primeras vacaciones en familia precisamente a su ciudad. Una vez más, una de cal y una de arena: yo iría, pero él se marcharía de vacaciones el mismo día de mi llegada. Coincidimos en la misma parcela del planeta a penas 15 minutos.

Pasarela

Una nueva escena propia de una película me regaló la coincidencia. Salí apurada de la habitación, llamé al ascensor y me metí dentro. Era un ascensor de cristal situado en el centro del hotel. Si miraba hacia el frente, justo debajo de mí podía ver el hall de entrada, la recepción, las puertas giratorias, la entrada del hotel y el largo pasillo que conducía de la puerta del ascensor hasta la recepción. Era un pasillo estrecho, de a pensas un metro y medio de ancho, con el suelo de cristal cubriendo una superficie de colores dispuestos en formas diversas sobre un fondo azul. Se alzaban en ambos bordes sendas barandillas de acero. Lo asocié vagamente con las pasarelas para subir a los trasatlánticos.

Mientras descendía en el ascensor, justo delante del cristal y viendo todo lo que me esperaba debajo, lo ví a él, en la entrada del hotel, fuera, apeándose del coche, justo en frente mía. Se quitó las gafas de sol y miró donde yo estaba, dos pisos más arriba, descendiendo lentamente hacia la pasarela. Salí del ascensor y caminé ligera por ella mientras él atravesaba las puertas giratorias y se detenía a esperarme al final de aquel pasillo. Lo que debieron ser segundos me parecieron interminables y largos horas. Estaba allí, allí mismo, a unos metros de mí. Cuando llegué a su lado, nos quedamos quietos un imperceptible segundo, suficiente pare decirnos todo lo que tan sólo se puede trasmitir con una mirada. Nos abrazamos fuertemente y sentí la tranquilidad que puede sentir alguien a quien rescatan, alguien que consigue al fin lo que llevaba tiempo esperando, que al fin puede descansar porque lo ha logrado.

Quince minutos fueron más que suficientes para que el resto de las vacaciones no pudiera quitarme de la cabeza que no habían sido suficientes. El camino de vuelta a casa se hizo terrible. Y tardé semanas en dejar de pensar en ello.

Fue entonces, sí, después de aquel breve encuentro cuando por primera vez surgió. Era verano, y como cada verano volvía. No vivia aún así precisamente cerca pero sí lo suficiente para que no pareciera tanto comparado con el resto del año. Vino a verme una vez más y una vez más sentí ese alivio de verle, quizá un poco menos puro e inocente que la última vez pero, como mínimo, igual de intenso. Las cosas a nuestro alrededor había cambiado, pero nosotros permanecíamos siempre como la última vez que nos habíamos visto. Hasta entonces nuestra amistad había sido un incesante desfile de “No puede ser” en cada conversación y en cada idea que planteábamos. En su visita no iba a ser menos asíque siguiendo mi ejemplo y nombrando realista una acción que en evidencia era de lo más errónea y supérflua, decidió que era mejor tener carabina.

Esa vez, la estaca de la despedida se clavó más profunda que nunca. Se había ido, pero aún había remedio. Me pasé un día entero dudando e intentando decidir. Al final de la tarde no pude más y no quise repetir la historia como tantas otras veces nos había ya pasado, así que descolgué el teléfono, marqué su número y le pedí que volviese. Noté al princpio un silencio de preocupación que no tardó nada en convertirse en lo que me pareció una sonrisa de alivio. Tiempo después me confesabas que te habías sentido como un estúpido al haber decidido tomar mano el primer día de alguien que sirviera de excusa para el “no”.

Las ganas de vernos fueron ese segundo día explosivas. En cada mirada nos tomábamos sin remedio pero nos esquivábamos al límite. Al final de la tarde nos sentamos a tomar algo y entre conversaciones vanales y risas estrepitosas dejamos de esquivarnos un momento, un momento largo e intenso en el que con un pretexto infantil el tiempo alcanzó a detenerse allí mismo, en aquel bar. Estuvimos tan cerca que pude notar el roce de su piel en mi cara, su respiración tibia y acompasada y sus ojos ya borrosos frente a los míos. Dejé de respirar, abrí los ojos de par en par justo antes de dejarme vencer y cerrarlos despacio, cuando me dí cuenta que ya no podía ir más hacia atrás, no podía atravesar la pared que estaba contra mi espalda, no podía evitarlo. No recuerdo cuanto tiempo estuvimos así, a una micra de calmar el deseo más desenfrenado, la tensión podía casi tocarse con la yema de los dedos pero recuerdo perfectamente la milésima en que el tiempo volvio a correr y el ruido de la gente llegó a mí de nuevo; la milésima en que volviste a la realidad y te apartaste justo a tiempo de transguedir las normas.

Tomaste aire, miraste un momento al vacío, luego me miraste a mí y te reíste.

-¿Qué?-dijiste divertido.

Es algo que siempre me ha gustado de tí, saber sacarle siempre hierro al asunto.

Fue entonces la primera vez que ví claramente el muro de contención que habíamos estado construyendo.

El muro…

(siguiente - 3 - )

Enero 29, 2008

Dame cuerda

Archivado en: Pensamientos, amor — avuiperahir @ 3:43 pm
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Siempre he pensado que hacer el amor es como una pieza de música clásica interpretada por cuerdas:

armoniosa, emotiva, encandilante y satisfactoria.

Como una mirada que para el tiempo.

Enero 10, 2008

Thinking about…

Archivado en: Pensamientos, Preguntas, amor — avuiperahir @ 10:05 pm
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Es curioso como las personas, al menos las mujeres,

cuando salen de una relación en que lo dicen todo,

en que no se sacan el “Te quiero” de la boca

y en que cualquier homenaje es poco,

y a continuación, muy en seguida, comienzan otra nueva,

en ésta,

siempre sobran las palabras.

O tal vez sólo nos pase

a las que sacamos el pie de una balsa para ponerla inmediatamente

en otra distinta.

¿Huímos?

Quién sabe.

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