Lo justo y necesario

Agosto 3, 2008

Borra.chera

Que sí, que incluso los bloggers tenemos nuestras noches de juerga y demás (y reconozco que las mías no pasan nada desapercibidas…) y hoy no iba a ser menos… Y como cualquier noche de fiesta peculiar merece ser contada. Son casi las 8 de la mañana y acabo de llegar a mi casa que, por cierto, está desierta. El ordenador estaba encendido sobre la mesa (sí, descargando cosas en el Emule). Ya hace un rato que ha amanecido y seguramente habrá algún vecino cotilla y tocacojones mirándome por la ventana mientras escribo esta crónica de una noche de lo más peculiar.

Aunque suene raro, jamás me había pasado pero esta noche me la he pasado borracha, sentada en el bordillo de una acera contándome las penas con dos amigas… Que por cierto me han echado una buena broncaza porque, señores, los amigos están para eso, para echarte buenas broncas y que te sientas mal y recapacites. Exactamente para eso están y bueno… Hoy me ha tocado. Hemos hablado de viejas espinas y de mil movidas, de que soy una cansina con los temas que me emocionan, tanto que hasta hago sentir a los demás que los desprecio cuando, en realidad, no es ni mínimamente así… A veces somos taaaaaan egoístas los humanos…

Y vaya, que justo una noche de borrachera sea el mejor momento para contarnos esto… luego, tras lloros y llantos varios, una del clan nos abandonó y nos quedamos otras dos contádonos confesiones que hasta ahora nunca habíamos confesado (valga la redundancia) y bueno… Señores, aquí tenemos el misterio de a qué se dedican algunas tías cuando salen juntas y de fiesta: A LLORARSE LAS PENAS. Nada más…

Ahora, eso sí, me dispongo a apagar esto y dirigirme a la cama para dormir 4 horitas, zamparme la comida de mamá y luego echarme una siesta de campeonato… Les deseo, eso sí, unas muy felices vacaciones, que la mayoría estarán disfrutando… Las mías ni siquiera están decididas, pero ,si llegan, serán las mejores.

No se diga más. Vayámonos a dormir.

Junio 30, 2008

Buenos días (por la mañana)

Archivado en: Pensamientos, Relatos — avuiperahir @ 1:38 am
Tags: , , , , , ,

A veces no sé si es el mismo silencio el que me despierta. Simplemente sé que cuando no se oye nada de nada es cuando mejor y más agradable me resulta la vuelta al mundo de los conscientes. y ésta era una de esas veces.

Tan sólo una rendija de mi persiana se había quedado abierta, permitiendo pasar unos tibios rayos de luz que iluminaban toda la estancia, lo cual, dado el tamaño de la misma, no es que fuera mucho mérito. Me fastidiaba horrores que esto me pasara ya que la moderada fotofobia que sufrían mis ya de por sí tarados ojos era más que suficiente para que fuese una misión casi imposible seguir durmiendo con la mínima densidad de luz. Pero aquel día, bueno, se ve que no había mucha luz y se me había permitido el lujo de dormir hasta tarde a pesar del despiste.

Me doy media vuelta.

Llega la pregunta de siempre: ¿Me levanto o mejor me quedo un rato más? Y es que estar de vacaciones y no tener que cumplir ningún horario tiene más dificultad de lo que la gente muchas veces se piensa. O quizá sea simple aburrimiento, no lo sé, pero el caso es que siempre que llegan estas fechas y no he planeado nada que hacer por la mañana, viene a mí mi discusión matinal predilecta.

Me detengo a escuchar un momento. Nada. Silencio. Silencio total y absoluto. La verdad es que me encanta despertarme y que no haya nadie en casa. No soporto que me aborden con bromitas, preguntas y demás histerias en cuanto abro la puerta de mi habitación intentando llegar al baño con los ojos cerrados. La gente que lleva horas despierta tiene la inquietante necesidad de bombardear tu cabeza con frases sin sentido que no tienes ganas de escuchar o, por el contrario, mil órdenes y cosas importantes que debes recordar pero que, evidentemente, en ese estado no recuerdas. Así que, cuando no hay nadie en mi casa al despertarme, es cuando hay más puntos a favor de que me levante.

Me vuelvo a dar la vuelta.

Pero a ver, realmente, ¿qué es lo que pretendo levantándome? ¿Limpiar? ¿Ordenar? ¿O tal vez ponerme a hacer esos cientos de cosas que siempre digo que hay que hacer, que nunca hago y que, por encima, espero hacer cuando esté de vacaciones? Vaya, ninguna de las opciones me atrae ni mínimamente. Aunque sé que si me pongo a ello, las hago todas. Pero en fin, estoy de vacaciones, tengo tiempo para hacer todas esas cosas en otro momento.

Suspiro.

Después de quedarme un ratito hundida en mi nórdico, mirando el rayito de luz que se cuela por mi persiana, justo cuando creo que ya he decidido qué hacer con respecto a mi famosa pregunta, me asaltan más dudas: Si me quedo más en cama… ¡A ver si va a llegar la gente y voy a tener que levantarme y aguantar las frases y preguntas varias que tienen preparadas para dispararme!

Vaya hombre, ahora que ya tenía decido qué hacer. No me apetece nada levantarme y aguantar esto. Quizá debiera apresurarme a salir de la cama e irme directa a desayunar para poder ver en la tele cuanto me plazca y pasarme el tiempo que quiera con la magdalena en la mano y la boca abierta mirando para la pantalla. Bueno, vale, será lo mejor.

Me vuelvo a dar la vuelta, mirando hacia el lado libre de mi cama, por el que se supone que me dispongo a salir. Me quedo mirando la pared de en frente. La luz del resto de la casa se cuela por la rendija que queda por debajo de la puerta. ¿Y si me parece que no hay nadie pero en realidad sí que hay?

Vaya fastidio. Eso sí que es peor que cualquier cosa: salir tan feliz y tranquila pensando que no hay nadie y que te aborden por sorpresa. Al menos del otro modo estoy ya más o menos concienciada. ¿Y si simplemente no llegan a mí los ruidos cotidianos? Eso me da el triple de pereza. A veces me encantaría tener una especie de pantallita controlando la casa para saber si debo levantarme o no.

Me esfuerzo por escuchar pero el silencio más absoluto persiste. Me escondo por completo bajo el nórdico intentando acabar con la discusión conmigo misma, como si no me quisiera dejar escapar y quisiera acorralarme bajo aquel montón de tejido calentito.

Bueno, a ver, que como siga así me voy a quedar dormida de nuevo, duermo demasiado y luego no hay quien me aguante, lo cual es peor que todo lo demás porque me fastidia el día completo. Realmente me voy a levantar de todos modos, ¿no? ¿Qué más da ahora que dentro de un rato? Venga, vale, que sí, que salgo ya de la cama.

Me destapo un poco y saco un pie fuera del nórdico. Me doy entonces cuenta de que es un fastidio no dormir con pantalones porque hace un frío fuera de la cama que no hay quien aguante. Ahora sí que la hemos hecho buena. Ya no sé si me agobia más salir de la cama o quedarme en ella.

Cuando estoy a punto de entrar en una lucha a muerte conmigo misma, oigo algo extraño. Me quedo inmóvil un momento y escucho. Un zumbido. Un zumbido rítmico y persistente. Persiste. Sigue persistiendo.

¡Anda, me llaman! Finalmente descuelgo:

-Oye, ¿qué? ¿Estabas durmiendo? ¿No? Genial. Te apetece… Acompañarme… Bueno… Me gustaría que… Si tú quieres, ¿eh? Y si no tienes nada que hacer, claro… Esto… ¿Vamos a comer juntos?

Y, de lo que me parece tan solo un salto, salgo de la cama, me ducho, me visto, me arreglo y salgo a la calle.

¡Para que luego digan que los hombres no colaboran!

Febrero 3, 2008

Quina Gràcia!

Archivado en: Pensamientos, Relatos — avuiperahir @ 5:43 pm
Tags: , , ,

Se despertó despacio, como resucitando después de un largo coma. Era una de las cosas que más le gustaban de los días que no había que madrugar: el momento de despertarse. Esos segundos suaves y dulces en los que no eres consciente aún de la realidad y solo sientes un enorme placer por estar calentito y cómodo bajo tus mantas.

No abrió los ojos, se quedó bajo las mantas quietecita un momentito más, saboreando esos dulces segundos. Escuchó atentamente. Llovía. Llovía a cántaros. El agua chocaba violentamente contra la fachada del edificio, contra la calle, contra los coches, como una cortina de tul que hacía traslúcida toda la ciudad. El viento arremetía frenético contra la ventana intentando tirarla abajo. Se iluminó la habitación en un instante. Acto seguido se oyó el punzante silencio que siempre precede a un enorme ruido. Las ventanas temblaron y el sonido inundó la casa durante dos o tres segundos. A ella, los truenos, siempre le parecían como una manada de animales que vienen a galope contra ella, de pronto, y con ese ruido que más que oirlo, te golpea. Sin embargo era más que feliz, guarecida bajo su edredón de colores.

Se giró para ponerse de lado y abrió los ojos. Sintió dulcemente las sábanas acariciándola. Estaba desnuda. Siempre que salía por la noche, al llegar a casa le encantaba irse directa al baño, soltarse el pelo, cepillarlo con paciencia, lavarse bien la cara, sacarse enseguida las lentillas, desvestirse por completo e, incluso, si no era demasiado tarde, darse una ducha caliente. Le gustaba quedarse limpia e impoluta para compensar el inmenso cansacio y dolores varios que traía de estar de fiesta. Quedarse como al natural después de tanto afeite. Y así mismo se metía en cama porque la comodidad se multiplicaba por diez cuando las mantas la abrazaban sin pijama de por medio. Desde siempre, hace ya demasiado, una de sus sensaciones favoritas era la de las sábanas acariciando su piel desnuda.

Ni tan siquiera miró el reloj. Se quedó allí disfrutando de su momento, sin pensar en nada, oyendo la tormenta. Quizá tan solo echaba en falta alguna tierna compañía que la viera mientras dormía y que escuchara en silencio la tormenta justo a su lado. Le hubiera gustado sentir una mano suave acariciando los surcos de su espalda, despacito, mientras ambos dormitaban y se deleitaban en la comodidad de la cama. Alguien que le pasara el brazo por encima para entrelazar su mano y que jugara con su dedo índice.

No sabe cuanto tiempo estuvo así. Tampoco le importaba. El domingo siguiente lo volvería a hacer. Como cada domingo.

Y es que son las cosas como esta las que le hacen darse cuenta de que la gracia de la vida está en cultivar con cuidado los pequeños placeres.

Enero 12, 2008

Again & again…

Archivado en: Relatos, amor, música — avuiperahir @ 7:11 pm
Tags: , , , ,

Me desperté lo que me pareció cada pocos minutos. Cientos de veces. Me despertaba de un sobresalto.

“Tranquila, sigue ahí”

Y me volvía a dormir. Tenía frío, tenía calor. Tenía nervios. Continuamente ponía mi antena sonora para captar si el despertador estaba al acecho.

“No suenes, por favor”.

Y otra vuelta. Otra vuelta más. Me dormía, me despertaba. Me sobraba la ropa, me faltaba. Y todo el tiempo despertándome pensando que ya no estabas ahí, pero sí, ahí seguías. Me apetecía despertarte y decirte que no podía dormir pensando en que el despertador iba a sonar. Quería decirte que no tenía ganas de levantarme, que tenía ganas de dormir mil horas, y en cambio no era capaz ni de dormir cuatro. Pero mejor te dejé ahí, tranquilo, durmiendo todo el tiempo. Me limité a observarte. Pero me volvía a quedar dormida. Y en cada movimiento, te despertabas para ver si estaba bien, si estaba durmiendo, si estaba fría, sí estaba cómoda. Y yo, a veces me hacía la dormida y otras simplemente no estaba lo suficientemente despierta como para finjir, ni lo suficientemente dormida como para no darme cuenta de que me abrazabas asegurándote de que no me había ido de donde estaba.

Un beso, dos, tres. Y te volvías a quedar dormido.

Ya no sé qué hora era ni cuantas vueltas había dado cuando tampoco tú querías dormir.

Sólo sé que finalmente le despertador sonó, lo apagaste y seguiste abrazándome.

Sh… Escucha… De vez en cuando la vida, Joan Manuel Serrat.

Blog de WordPress.com.